
Un texto de Marcelo Figueras: «Me voy a comer tu dolor»
Todos alentamos la esperanza de que este vuelva a ser aquel país donde vivir no suponía una tortura. Pero la única manera de que eso ocurra, y pronto, es no esperarlo con los brazos cruzados.
Pasadas las 21 rodeábamos la mesa, picoteando algo y bebiendo. Estaríamos hablando del país, como casi siempre, o escuchando alguna de las anécdotas que el Indio saca de su galera sin fondo. En mitad de la cosa, Máximo recibió un mensaje: que se comunicase con Diego, uno de los asistentes de Cristina, porque “había pasado algo”. Su celular daba cuenta de varias llamadas que había dejado correr, sin advertirlo. Cliqueó el número de Diego y se disculpó, alejándose de la mesa. El resto siguió en la suya, sin mosquearse. Era habitual que Diego se comunicase aun a esas horas, para pasarle el celular a Cristina y que debatiese con Máximo algún tema que no podía esperar al día siguiente.
Como Máximo no sabía más que eso, hicimos lo que hace cualquier perejil ante una circunstancia que raja la tierra: prendimos la tele. Todavía estábamos de pie, desperdigados por el living y tratando de calibrar la dimensión de lo que ocurría —Máximo ya se había ido—, cuando la pantalla mostró por primera vez la imagen que ninguno olvidaría: el cuadro freezado del perfil izquierdo de Cristina y, a treinta centímetros o poco más, la mano que sostenía la pistola, presta a matar a quemarropa.
Todavía puedo oír el grito que pegó Virginia ante esa imagen. Creo que todos gritamos entonces, aunque más no fuese por dentro. Porque ese cuadro era la expresión gráfica —la prueba inapelable— de aquello que no terminábamos de concebir, que no podíamos creer: que alguien había intentado poner una bala en la cabeza de la conductora del movimiento político más popular de la Argentina. Que un desconocido se había arrogado el derecho de acabar con una vida ajena. Que una persona a la que conocíamos personalmente, queríamos y respetábamos, había estado a esto de ser asesinada. Resultaba inconcebible que un mismo cuadro incluyese la imagen de Cristina, tan familiar, y a la vez una mano anónima empuñando un arma. Era una visión ultrajante, una obscenidad.
Alguien había intentado poner una bala en la cabeza de la conductora del movimiento político más popular de la Argentina.
Cristina se salvó de milagro, pero la Argentina se fue al carajo igual.
Marcelo Figueras
*Escritor. Guionista. Periodista.
Fuente: lacampora.org



