Cultura y Espectáculosdestacadas

​La Bomba de Tiempo festeja 20 años de ritual y refugio colectivo 

Informe

El grupo celebrará el aniversario este sábado en Ciudad Cultural Konex, su espacio fundacional en Buenos Aires. Cómo una propuesta 100% percusiva y sin canciones, nacida en los márgenes, se volvió un fenómeno cultural porteño.

Por Claudia Regina Martínez

Hay algo que ocurre cada lunes en Buenos Aires que no termina de encajar del todo en ninguna categoría. No es un recital, aunque hay escenario, luces y músicos; tampoco una fiesta convencional, aunque el baile sea constante; ni una ceremonia en sentido estricto, aunque algo del orden de lo ritual atraviese la experiencia. Es un espacio híbrido donde el tiempo se organiza al ritmo de los tambores y el público deja de ser espectador para convertirse en parte activa de lo que sucede.

Desde 2006, La Bomba de Tiempo viene construyendo un fenómeno que desafía la lógica habitual de la música en vivo. No hay canciones, no hay lista de temas, no hay hits que funcionen como anclaje. Cada show se inventa desde cero, guiado por un sistema de señas que organiza la improvisación colectiva. Lo que suena, suena una sola vez. La experiencia es solo para quienes acuden cada una de esas noches. Empieza con movimientos tímidos de los presentes y termina en un pico de adrenalina y liberación.

La Bomba de Tiempo festeja 20 años de ritual y refugio colectivo
El Konex se convirtió en la casa de La Bomba de Tiempo.
Foto: Malu Campello

A 20 años de su comienzo, la banda celebra con una Fiesta Bomba el sábado 9 de mayo desde la medianoche. Será en la Ciudad Cultural Konex, el mismo espacio en el que nació y se volvió su casa. La promesa es simple y, al mismo tiempo, difícil de anticipar: una noche larga, con invitados, DJs y sorpresas, donde los tambores —y una amplísima variedad de instrumentos de percusión— no pararán de sonar. Pero el aniversario también funciona como excusa para pensar, en perspectiva, cómo una propuesta que parecía destinada a los márgenes terminó convirtiéndose en uno de los rituales culturales porteños más persistentes.

La escena podría reconstruirse así: una antigua fábrica, un día poco amigable para la música en vivo —los lunes—, un grupo de percusionistas sin cantante, sin melodías reconocibles, sin repertorio. “Pensamos que íbamos directo al fracaso”, recuerda Richard Nant sobre aquellos primeros tiempos. Sin embargo, desde el inicio algo pasó. Primero tímidamente, después con más intensidad: el boca a boca empezó a hacer su trabajo y el espacio comenzó a llenarse.

En el centro de esa experiencia estaba, y sigue estando, el lenguaje “ritmo con señas” de Santiago Vázquez, fundador del grupo, que se alejó en 2013. Es un sistema de dirección que permite componer en tiempo real a partir de gestos. Lo que al principio resultaba extraño incluso para quienes lo ejecutaban —“era algo completamente nuevo, no sabíamos de dónde venía”, señala Nant— fue generando rápidamente una lógica propia. Una gramática. Una manera de entender el ritmo no como repetición, sino como construcción.

La Bomba de Tiempo festeja 20 años de ritual y refugio colectivo
El ritual de los tambores se repite desde hace 20 años.
Foto: Agustín Dusserre

Para María Bergamaschi, que al igual que Nant integra el grupo desde sus inicios, esa condición es la clave de todo. “La improvisación te obliga a estar en el presente continuamente”. No como consigna abstracta, sino como experiencia concreta: no hay posibilidad de automatismo, de memoria, de repetición. Cada gesto implica una respuesta inmediata. Cada sonido, una decisión. Es clave para esta dinámica que la dirección sea rotativa a lo largo del show. “Estamos componiendo en tiempo real y la gente lo vive con el cuerpo. Ese efecto sorpresa, esa cosa de no saber qué va a pasar, genera algo muy fuerte”.

En esa experiencia compartida, el público no es un elemento pasivo: forma parte del dispositivo. “Hay algo de lo espiritual, incluso”, asegura Bergamaschi. “Todos los que estamos ahí estamos construyendo algo único. Cada lunes se arma ese presente que no vuelve a existir”. Nant lo complementa desde otro ángulo: al no haber canciones, tampoco hay referencias que condicionen la escucha. “Las canciones siempre te llevan a un recuerdo, a una historia. Acá no pasa eso. Es un espacio más libre, más abierto, donde la imaginación juega”.

Esa libertad se transforma en el núcleo del vínculo, que empezó a correrse de los parámetros tradicionales del espectáculo. “Nos dimos cuenta de que no era la relación típica entre artista y público”, señala Nant. “Es algo más parecido a un ritual”. No hay un momento fundacional claro en el que eso haya quedado explícito, sino una serie de señales: la respuesta física del público, la sensación compartida, incluso experiencias personales. “Nos pasó de ir a tocar enfermos y sentir que nos curábamos. Y ver que a la gente le pasaba algo parecido”.

Bergamaschi introduce otra palabra clave: necesidad. “Primero fue una necesidad para nosotros como músicos: estar ahí, tocar. Y después empezó a ser una necesidad para la gente”. Los testimonios se repiten: hay quienes organizan su semana en función del lunes, quienes sienten que ese espacio funciona como descarga, como terapia, como punto de encuentro. “Eso se fue armando entre todos”, insiste.

Veinte años después, esa construcción colectiva no solo se sostiene en el escenario. También atraviesa la manera en que el grupo se organiza. Aunque formalmente funciona como una SRL, el modelo interno se parece más al de una cooperativa: áreas de trabajo distribuidas, responsabilidades compartidas, instancias de debate. “Nos vamos organizando en equipos que se ocupan de distintos temas”, explica Bergamaschi. “Y después hay espacios donde se ponen en común las decisiones”.

La particularidad del proyecto, que no tiene equivalentes directos, obliga a ese ejercicio constante de invención. “No tenemos un modelo previo del cual copiar”, dice Nant. “Así como inventamos una forma de hacer música, también tuvimos que inventar una forma de funcionar”. En ese esquema, la confianza aparece como un elemento central: cada integrante asume tareas que exceden lo artístico y el funcionamiento depende de ese entramado.

La Bomba de Tiempo festeja 20 años de ritual y refugio colectivo
Todos los lunes La Bomba de Tiempo propone una fiesta.

El grupo está formado por Bergamaschi, Nant, Nacho Álvarez, Mariano “Tiki” Cantero, Lucas Helguero, Juampi Francisconi, Mario Gusso, Andy Inchausti, Alejandro Oliva, Gabriel Spiller, Pablo Palleiro, Luciano Larocca, Diego Sánchez y Carto Brandán.

Esa dinámica también habilita procesos de revisión. En el año de su vigésimo aniversario, el grupo impulsó la creación de una Comisión de Género que busca repensar las desigualdades internas, especialmente en la composición del escenario, donde hay 14 músicos, de los cuales solo una es mujer. “Venimos trabajando bastante en este proyecto y aprendiendo también de otras experiencias donde hay mayoría de presencia masculina, con talleristas y gente especializada en el tema. Es parte también de cómo nos reinventamos cada año”.

Cada Lunes Bomba tiene invitados de los más variados orígenes y géneros musicales. Más de 1300 músicos pasaron por el escenario a lo largo de estos años, en una lógica que combina búsquedas propias, propuestas externas y deseos personales de los integrantes. “Tratamos de que haya variedad en todos los sentidos”, dice Bergamaschi. “Y eso se revisa todo el tiempo”.

La Bomba de Tiempo festeja 20 años de ritual y refugio colectivo
Algunos integrantes del grupo fueron cambiando, pero siempre se mantuvo la audacia y la diversidad.

Si en Buenos Aires el ritual está consolidado, cada salida al exterior implica volver a empezar. La Bomba tocó en 13 países y realizó múltiples giras, pero la experiencia nunca es idéntica. “En algunos lugares ya hay público que nos espera”, cuenta Nant. “Pero en otros no, y ahí hay que construir ese vínculo desde cero”. La herramienta, en cualquier caso, es la misma: la conexión interna del grupo y la capacidad del ritmo de generar identificación.

“Hay algo en los tambores que toca una fibra muy profunda”, sostiene. La imagen que elige para explicarlo es elocuente: públicos formales, incluso rígidos, con traje y corbata, que al poco tiempo de comenzado el show se entregan al movimiento. “Empiezan a aflojarse, a bailar. Es algo que nos excede”.

La Fiesta Bomba del 9 de mayo condensará todo eso: la historia, la práctica, el vínculo. Habrá invitados que, por ahora, prefieren mantener en secreto, y una programación pensada para sostener el pulso hasta la madrugada. Pero, sobre todo, estará esa lógica que define al proyecto: la de un presente compartido que se construye entre quienes tocan y quienes están del otro lado.

“Es nuestro cumpleaños”, dice Bergamaschi. “Y también es una celebración de la vida de La Bomba”. Después vendrán las giras: Córdoba, Rosario, Santa Fe, Gualeguay dentro del país y, más adelante, una nueva vuelta por Europa, con fechas en ciudades como Barcelona, Valencia y Madrid. Escenarios distintos para una misma apuesta: confiar en que el ritmo, en su forma más básica y más compleja a la vez, pueda seguir generando encuentro. «

Fiesta Bomba – 20 años

9 de mayo desde la medianoche en Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131 (CABA).

Shows para todos, todas y todis

Los Lunes Bomba son para mayores de 18 años, al igual que la fiesta de cumpleaños el sábado 9. Pero cada tanto el grupo invita también a las infancias y adolescencias. Y el aniversario no es la excepción. El lunes 11 de mayo habrá un especial apto para todo público. Para los integrantes de La Bomba, esos shows son de los más desafiantes. Porque a diferencia de los otros, en los que se encuentran adultos, hablan, comparten, los niños tienen todas las antenas paradas. “Tenemos que tocar bien sí o sí. Cuando veo niños y adolescentes en el show, se producen otras cosas re distintas, la experiencia cambia”, explica María Bergamaschi. “En general, hay más silencio y están más expectantes. Y cuando empiezan a conectar con lo que sucede, con los tambores, es alucinante. Vemos las manitos que están dirigiendo como nosotros, bebés chiquitos bailando, moviéndose arriba de la madre o el padre. Es una cosa increíble, la verdad”. Richard Nant coincide: “Para mí, los ATP son los shows más lindos. Los mejores recuerdos que tengo de públicos y de tocar con La Bomba son, por ejemplo, cuando vas a una ciudad del país que festeja su aniversario y tocás en la plaza al aire libre para toda la gente. Es de los públicos que más disfrutamos, porque ves absolutamente a toda la familia, el festejo de la comunidad, el festejo del pueblo. Ahí se genera un vínculo muy especial”. También hay shows ATP en vacaciones de invierno y de verano o en el Día del Estudiante, entre otras fechas.

​Espectáculos – Tiempo Argentino

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Artículos Relacionados

Volver al botón superior

Adblock Detectado

POR FAVOR DESACTIVE SU BLOQUEADOR DE ANUNCIOS, ESTE MEDIO SE FINANCIA CASI EN SU TOTALIDAD CON PUBLICIDAD, MUCHAS GRACIAS