
Juan Minujín: “No alcanza con el amor al arte porque el entusiasmo no produce películas”
Entrevista
Participa de “Los domingos”, su primera producción íntegramente española. Reflexiona sobre el oficio, la construcción de personajes, el presente de la industria audiovisual argentina y la necesidad de sostener al cine como una actividad cultural y también económica.
Por Nicolás Peralta
No interpreta al personaje central, pero sí a uno de esos que sostienen el andamiaje de la historia. Juan Minujín no aparece demasiado tiempo en pantalla en Los domingos, la nueva película de la directora española Alauda Ruiz de Azúa, pero eso no le preocupa. Nunca pareció inquietarle demasiado. A lo largo de más de dos décadas de carrera, en las que hizo de todo, fue construyendo una filmografía donde el protagonismo nunca fue una obsesión. Lo suyo parece pasar por otro lado: encontrar personajes que generen identificación en los espectadores. “Siempre lo importante es la historia que contemos”, afirma el actor.
En este caso, es un personaje pequeño en cantidad de escenas. “Pero muy importante dentro del funcionamiento de la película. Nunca me interesó medir un trabajo por el tiempo que aparezco en pantalla. Me interesa qué lugar ocupa ese personaje dentro de la historia. Hay películas donde alguien aparece diez minutos y modifica todo. Eso siempre me resultó mucho más atractivo”.

La historia de Los domingos gira alrededor de una joven que decide ingresar a un convento y, con esa sola decisión, pone en crisis el equilibrio de toda una familia. El film llegó a los cines argentinos el 16 de julio, y aún se puede ver en varias salas. Para el intérprete argentino fue una experiencia singular: su primera participación en una producción completamente española. “La película habla de las familias, de las vocaciones, de la religión y de los desacuerdos familiares con muchísima profundidad, pero sin levantar nunca la voz. Eso me pareció extraordinario”, explica Minujín.
Y enseguida agrega que lo que más lo impresionó no fue el rodaje sino lo que ocurrió después, frente al público. “Lo que más me impresionó fue ver cómo reaccionaba la gente. Pasó en España y también cuando se proyectó en el Bafici. La película termina y las personas no salen igual que como entraron. Se quedan conversando. Discuten. Piensan en lo que vieron. Eso me parece hermoso, porque quiere decir que la historia sigue viva después de los créditos”. Juan Minujín reconoce que fue una muy linda oportunidad para seguir creciendo como interprete.
La admiración por Ruiz de Azúa aparece una y otra vez durante la charla. “Es una directora extraordinaria y además escribe muy bien. Cada personaje representa una posición distinta dentro de esa familia. Ninguno está porque sí. Todos cumplen una función dramática, pero además son personas complejas. Y construir una familia creíble es dificilísimo. Todos tenemos una y enseguida descubrimos cuándo algo resulta falso. Ella consigue que todo parezca profundamente verdadero”, reflexiona el actor.
Minujín evita hablar desde el ego o desde un pedestal por ser una celebridad. Cuando repasa su carrera vuelve sobre una palabra que repite varias veces: jugar. “Todo fue muy paulatino. Fue un juego que se fue dando. A veces parece que uno aparece de un día para otro porque la televisión tiene esa capacidad de amplificarlo todo, pero cuando empecé a trabajar ahí ya llevaba muchos años actuando. Había hecho muchísimo teatro independiente, cine independiente y publicidad. Después fueron llegando las tiras, el cine más popular, el teatro comercial y seguí jugando. Nunca sentí que hubiera un salto brusco. Fue un recorrido largo”.
Es uno de los actores más reconocidos de su generación. Y, según cuenta, a él lo que lo sigue movilizando es exactamente lo mismo. “A mí me gusta muchísimo actuar. Me apasiona contar una historia a través de un personaje. Después cambia la escala: puede ser una película enorme, una independiente, un corto con estudiantes del ENERC, una obra para veinte personas o una serie para una plataforma. Eso modifica el contexto, pero no lo esencial. Lo que realmente me interesa es construir una vida para que alguien pueda mirar el mundo desde otro lugar. Eso sigue siendo lo que más me conmueve del oficio”.

Cuando describe cómo trabaja, Minujin vuelve a alejarse de cualquier idea romántica del actor inspirado. Habla de diálogo, de construcción colectiva y de ensayo. “Se trabaja desde uno pero con otros. Me preparo, pero también hablo muchísimo con cada director o directora que me toque. Para mí un personaje nunca se construye solo. Se construye con la dirección, con los otros actores, con el texto”.
“Muchas veces ese trabajo previo no existe porque los tiempos son muy cortos. Entonces uno tiene que inventar esos espacios por fuera. Ahí aparece la posibilidad de experimentar antes de filmar. Por eso hay que estar dispuesto a jugar, a que sea algo lúdico todo el tiempo, a crear”, afirma el actor, quien también es sobrino de Marta Minujín, una de las artistas plásticas más importantes de nuestro país. “El arte siempre estuvo cerca mío”, comenta mientras toma café relajado y acomoda su camisa.
Minujín y el presente del cine argentino
La conversación con un actor de la talla de Juan Minujín inevitablemente deriva hacia el presente del cine argentino. Allí su tono sigue siendo calmo, pero las definiciones son contundentes. “Estamos atravesando un momento muy difícil. Y no solamente por los cambios de hábitos que vienen ocurriendo hace años con las plataformas o con la forma en que la gente consume cine. En la Argentina, además, hay un abandono absoluto del apoyo a la industria audiovisual”.
“Y eso es un problema enorme. Muchas veces se piensa solamente en la dimensión cultural del cine, que por supuesto existe y es importantísima porque habla de nuestra identidad, de nuestras historias, de quiénes somos. Pero además es una industria. Genera trabajo para muchísima gente. Genera exportaciones, movimiento económico, turismo, formación. En todos los países que entienden eso existe una decisión de fortalecerla. Acá está ocurriendo exactamente lo contrario”, afirma el actor.
Para explicar el problema busca ejemplos sencillos. “Si vos le sacás los incentivos a cualquier industria, en algún momento deja de producir. Si pasa con el vino, habrá menos vino. Si pasa con la leche, habrá menos leche. Si pasa con la industria farmacéutica, habrá menos medicamentos. Bueno, con el cine pasa exactamente lo mismo”.
“No alcanza solamente con el amor al arte. El entusiasmo es indispensable, pero no produce películas por sí solo. Hay una idea bastante instalada de que el cine se hace únicamente porque hay artistas apasionados. Claro que hace falta pasión. Pero también hacen falta escuelas, técnicos, cámaras, productores, laboratorios, salas, financiamiento. Es una cadena enorme. Si empezás a romper cada uno de esos eslabones, inevitablemente la producción se empobrece”, comenta el artista.

Aun así, Minujín no pierde el optimismo. Cuando se le pregunta por el futuro, hace una pausa antes de responder. “En general soy optimista. Siempre lo fui. Pero sí me preocupa ver ciertas expresiones de muy poca empatía. Me preocupa cuando parece que la solidaridad o la capacidad de ponerse en el lugar del otro dejan de tener valor. Eso sí me parece un empobrecimiento”.
Tampoco se suma a las miradas apocalípticas sobre el presente. “Siento que vivimos en una época donde todo aparece presentado como una amenaza: la inteligencia artificial, las redes sociales. Todo pareciera anunciar una catástrofe. Y yo trato de no vivir desde ese lugar. Yo sigo confiando muchísimo en el encuentro real. En sentarse a conversar con alguien. En leer un libro, mirar una revista. En compartir una comida. Después también uso las redes sociales y me interesan muchas herramientas nuevas. No reniego de eso. Pero sigo creyendo que hay algo irremplazable en la experiencia humana directa. Ahí es donde todavía pasan las cosas que más me interesan”, dice Minujín.
La conexión con el público
También esa idea aparece cuando habla de la relación con el público. “Uno hace una película, una serie o una obra para alguien. Entonces, claro que me interesa cómo llega eso. Me importa muchísimo la devolución del público. Después existe otra dimensión, la mediática, que es distinta. Pero lo que siente la gente frente a un trabajo me parece fundamental. Cuando una película se estrena deja de pertenecerte. Pasa a ser del público. Cada uno tiene derecho a emocionarse, aburrirse, enojarse o entusiasmarse. Lo raro sería que todos sintieran exactamente lo mismo”, reflexiona.
Para Juan Minujín la diversidad de miradas es muy importante. “Es imposible hacer algo que le guste a todo el mundo. Hay personas que conectan con un lenguaje y otras que no. Hay gente que sale fascinada y otra que dice: ‘No le creí nada’. Y está perfecto. Esa discusión forma parte del hecho artístico. No me molesta en absoluto. Al contrario, me parece una de las cosas más lindas que tiene este trabajo”, finaliza el actor que se prepara para una nueva oleada de reconocimiento: en octubre llega la segunda temporada de Coppola, el representante, serie que protagoniza. “Esto es así, uno tiene que tener la gimnasia para adaptarse a lo que te toque”.
Los domingos
Con Mabel Rivera, Juan Minujín, Miguel Garcés, Patricia López Arnaiz, Blanca Soroa. y dirección de Alauda Ruiz de Azúa. En cines.
Espectáculos – Tiempo Argentino



