
«La Noche de los Lápices», cuando el cine puso el horror frente a todos
Memoria
A 50 años del secuestro de diez estudiantes secundarios en La Plata, la película de Héctor Olivera llevó sus historias a un público masivo. Estrenada en 1986, fue un éxito en los cines y después llegó a millones de personas a través de la televisión y las escuelas.
Cuando La noche de los lápices llegó a los cines, el 4 de septiembre de 1986, habían pasado apenas tres años desde el final de la dictadura. El Juicio a las Juntas había terminado un año antes y la sociedad argentina todavía estaba tratando de encontrar palabras, imágenes y relatos para contar lo que había sucedido. En ese contexto, Héctor Olivera hizo algo que puede parecer sencillo, pero que tuvo consecuencias enormes: llevó al cine la historia de un grupo de estudiantes secundarios secuestrados, torturados y desaparecidos en La Plata durante septiembre de 1976.
La película fue un éxito. La vieron 670.042 personas en los cines argentinos, una cifra que la convirtió en uno de los títulos nacionales de mayor convocatoria de aquel año. Pero su verdadera dimensión no se mide solamente en entradas vendidas. En septiembre de 1988, cuando fue emitida por televisión, llegó a tres millones de espectadores. Y después siguió circulando durante décadas, especialmente en las escuelas, hasta convertirse para muchísimos adolescentes en la primera aproximación concreta a la historia de la represión dictatorial.
La historia que llevó Olivera a la pantalla no era simplemente la de diez estudiantes secuestrados. Dimensionaba la brutalidad ominosa de la dictadura cívico-militar. Entre el 8 y el 21 de septiembre de 1976, fuerzas represivas fueron capturando a jóvenes de La Plata hasta reunirlos en distintos centros clandestinos de detención. Allí fueron sometidos a brutales torturas. Seis de ellos -Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro- permanecen desaparecidos; cuatro sobrevivieron: Gustavo Calotti, Emilce Moler, Patricia Miranda y Pablo Díaz.
La noche de los lápices no fue la primera película argentina que habló de la dictadura ni la última. Pero encontró una forma particularmente eficaz de hacer que una historia todavía cercana se volviera comprensible para personas que no la habían vivido. En lugar de comenzar con cifras, decretos, nombres de militares o una explicación general sobre el terrorismo de Estado, empezó por algo reconocible: chicos que van a la escuela, que se enamoran, que escuchan música, que discuten, que militan y que imaginan su futuro.
Eso modifica radicalmente la manera de mirar lo que viene después. El horror no aparece como una abstracción histórica. Tiene rostros, edades, amistades, familias. Tiene cuerpos concretos. Cuando esos adolescentes son arrancados de sus casas durante la noche y llevados a centros clandestinos de detención, el espectador ya conoce algo de ellos. No son una cifra entre miles de desaparecidos. Son personas que acababan de empezar a vivir.
Olivera dirigió la película a partir del libro homónimo de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, publicado también en 1986. El relato tenía como uno de sus principales testimonios a Pablo Díaz, sobreviviente del operativo y luego protagonista de la película en la interpretación de Alejo García Pintos. El propio Olivera contó años después que, al conocer el testimonio de Díaz, sintió que aquel crimen tenía que ser llevado al cine. El rodaje se realizó en buena parte en La Plata y contó con la participación de estudiantes de entonces.
Hay algo particularmente poderoso en que una película de ficción haya cumplido esa función. Porque La noche de los lápices no es un documento histórico ni puede reemplazar los testimonios de los sobrevivientes, los expedientes judiciales o la investigación de los historiadores. Es una reconstrucción cinematográfica. Sin embargo, su enorme circulación hizo que para muchas personas las imágenes de la película terminaran funcionando como una representación mental de aquello que no habían visto y que, en muchos casos, tampoco podían imaginar.
Ese poder tuvo también sus riesgos. Investigaciones sobre la memoria de La Noche de los Lápices han señalado que la película y los relatos que la precedieron consolidaron una determinada imagen de las víctimas: jóvenes, estudiantes, idealistas, enamorados. Esa mirada permitió acercar el crimen a públicos muy amplios, pero también tendió a dejar en segundo plano su militancia política y la complejidad de las organizaciones juveniles de los años 70. La película no agota, por lo tanto, la historia. Es una puerta de entrada a ella.
Pero quizá ahí esté precisamente su mayor mérito. Una puerta de entrada puede no contener todo un edificio y, sin embargo, ser decisiva para entrar. En un país que acababa de recuperar la democracia, La noche de los lápices consiguió que cientos de miles de personas se sentaran frente a una pantalla para mirar aquello que todavía costaba mirar. Y millones más lo hicieron cuando la película llegó a la televisión.
Con el paso del tiempo, además, esa transmisión adquirió una dimensión inesperada. Los chicos que aparecían en la película tenían casi la misma edad que quienes la miraban en las escuelas. La distancia histórica podía reducirse de golpe: los adolescentes de 1976 dejaban de ser personajes del pasado para convertirse en compañeros imaginarios de banco. En ese sentido, el cine consiguió algo que una explicación escolar difícilmente podía conseguir por sí sola: hacer sensible una dimensión del terrorismo de Estado.
Cincuenta años después de aquella noche y cuarenta años después del estreno de la película, su presencia sigue siendo significativa. Pablo Díaz lo explicó recientemente de una manera elocuente: para muchos estudiantes actuales, La noche de los lápices funciona como una historia de amor, a partir de la relación entre su personaje y Claudia Falcone. Puede parecer una reducción, pero también revela la potencia de la ficción: los jóvenes que fueron perseguidos por el Estado vuelven a aparecer ante otras generaciones como jóvenes antes que como estatuas de la memoria.
Y tal vez esa sea una de las razones por las que la película sobrevivió a su época. No solamente porque cuenta lo que ocurrió, sino porque consiguió que una cantidad enorme de personas entendiera que aquello había ocurrido. Entre saber que durante la dictadura hubo secuestros, torturas y desapariciones y poder imaginar qué significaba que una noche alguien entrara en una casa, sacara de la cama a un chico de 16 o 17 años y se lo llevara para siempre, hay una distancia enorme.
El cine puede, algunas veces, atravesarla. La noche de los lápices lo hizo. Y por eso su historia excede ampliamente la de una película estrenada hace cuatro décadas. Fue una obra de ficción que ayudó a convertir una tragedia reciente en memoria compartida. Y para una sociedad que todavía estaba aprendiendo a mirar de frente el horror del que acababa de salir, eso no fue poco.
La noche de los Lápices
Dirección: Héctor Olivera. Guion: Héctor Olivera y Daniel Kon, basado en el libro de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez. Elenco: Alejo García Pintos, Vita Escardó, Pablo Novak, Leonardo Sbaraglia, José María Monje, Pablo Machado, Adriana Salonia, Héctor Bidonde, Tina Serrano y Lorenzo Quinteros. Estreno: 4 de septiembre de 1986.
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