
El rapto neoliberal de Europa
Por Jorge Elbaum
La mitología griega cuenta que Zeus, travestido como un toro blanco, raptó a la princesa fenicia Europa y la llevó a Creta. Uno de sus tres hijos fue Minos, quien construyó el laberinto donde encerró al minotauro. Desde hace más de medio siglo, Europa volvió a ser secuestrada y fue introducida en el laberinto neoliberal, que exige abandonar el Estado de bienestar y asumir la “responsabilidad fiscal” y el ajuste perpetuo. En Francia, el gobierno de Emmanuel Macron quiere hacer un recorte de 54 mil millones de euros en el presupuesto de 2027, proyecto que motivó la movilización de ocho sindicatos. En España, los fondos buitre compran miles de viviendas, expulsan a los residentes históricos y transfieren sus beneficios lejos de la península ibérica, aportando escasas contribuciones tributarias.
En Alemania, los conservadores de Friedrich Merz apuestan a superar la caída de la competitividad de sus empresas apelando a la remanida receta de la austeridad. La nueva fase del secuestro neoliberal no tiene estampa taurina. Viene acompañada de recortes salariales a los empleados públicos y de la mutilación de los servicios de educación y salud, sin atreverse a superar el déficit mediante el incremento tributario a los más acaudalados o a los fondos de inversión. La crisis del Occidente neocolonial es productiva, demográfica y civilizatoria. Pero sus administradores prefieren reducirla a un problema de caja. Durante los treinta años gloriosos del Estado de bienestar, Estados Unidos y Europa atrajeron inmigrantes provenientes de sus antiguas colonias y del resto del sur global para extender su producción y su consumo interno.
Para mediados de la década de 1970, las transnacionales y el mundo empresarial pusieron en cuestión la continuidad de ese modelo porque generalizaba una distribución de la riqueza, empoderaba a los trabajadores, producía una caída de la tasa de ganancia del capital y ampliaba los marcos de decisión democrática. Frente a ese escenario, exigieron a los Estados un cambio de rumbo. Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, en connivencia con la traición de las socialdemocracias europeas, lograrían la ansiada hegemonía de Milton Friedman y su Escuela de Chicago.
Ese programa del Occidente atlantista impulsó —desde fines de los años 70— la lógica financiera con la que se amenazó a los sindicatos. Promovió la fragmentación de la clase trabajadora mediante la flexibilidad laboral, la precariedad y la desocupación. Con esa receta, que le quitaba relevancia a la producción industrial, los empresarios obtuvieron ganancias extraordinarias apelando a juegos especulativos que los liberaban de los compromisos productivos. El neoliberalismo globalizador se abocó, en ese marco, a sepultar el pleno empleo keynesiano. Y habilitó a sus monigotes políticos a justificar la necesidad de imponer la austeridad, endiosar a los inversores, halagar a los capitales golondrina y servirles la mesa a los fondos buitre.
Sin embargo, medio siglo después, la apuesta ortodoxa devino en pérdida de la competitividad, fragilidad productiva, una sociedad desintegrada y un Estado deficitario y endeudado. Francia ofrece el laboratorio más estruendoso. Alrededor de 250 mil personas marcharon la última semana y congregaron a funcionarios públicos, docentes, trabajadores sanitarios y bomberos contra el congelamiento salarial de la función pública, vigente desde 2023 y que el actual presupuesto de Sébastien Lecornu pretende prolongar hasta fines de 2027. El conflicto incluye el bloqueo de 300 escuelas secundarias por parte de sus alumnos, que denuncian el deterioro de las condiciones educativas y la falta de docentes. Las movilizaciones que se llevaron a cabo en múltiples ciudades francesas fueron calificadas por Lecornu como irresponsables, al tiempo que señaló a Jean-Luc Mélenchon, líder de la Francia Insumisa, como instigador de dichas manifestaciones.
En Madrid, la disputa se simboliza con un llavero. La gentrificación turística tiene un libreto tan conocido como eficaz: un barrio céntrico adquiere valor por su vida comunitaria; las viviendas se transforman en alquileres temporarios; cae la oferta residencial; sube el valor de los alquileres para los residentes; cierran panaderías y mercados de cercanía; se inauguran cafés de diseño y boutiques para visitantes. Al final, quienes habitaban el barrio deben abandonarlo ante la imposibilidad de afrontar el incremento de los precios. España cuenta con 318 mil viviendas públicas, el 1,3 por ciento del parque, frente al 34 por ciento destinado al alquiler social en los Países Bajos; el 25 por ciento de Viena; y el 21 por ciento en Berlín.
El canciller federal de Alemania, Friedrich Merz, llegó al poder con una triple receta: (a) reactivar la economía –debilitada por la ruptura energética con Moscú y por la falta de competitividad de su industria respecto a China–, (b) rearmar al país apelando a la rusofobia y (c) ocupar el espacio político de los neonazis de Alternativa por Alemania (AfD), respecto a los migrantes. Este último objetivo, consistente en apropiarse del discurso de la AfD, obtuvo el resultado previsible: gran parte del electorado eligió la propuesta original neonazi en las dos últimas elecciones. En la región de Sajonia-Anhalt, la ultraderecha alcanzó el 44 por ciento de los votos y, en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, cosechó el 38 por ciento. En ambos comicios, la CDU de Merz redujo de forma significativa su peso electoral. El crecimiento alemán para 2026 se prevé en alrededor de 0,5 puntos porcentuales, arrastrado por la crisis de la industria automotriz. Merz no solo perdió por derecha. Die Linke (La Izquierda) se impuso como primera fuerza en Berlín, poniendo en evidencia la crisis devivienda. Sin políticas que beneficien a los trabajadores, el “cordón sanitario” que ofrecen la CDU y la socialdemocracia se parece más a una cinta ceremonial que a un muro de contención real.
Cas Mudde advirtió en su libro La ultraderecha hoy que aquello que fue marginal hace dos décadas hoy está normalizado, justamente porque las políticas neoliberales abrieron la puerta a los monstruos del fascismo. Esa caja de Pandora quedó en evidencia a partir de la crisis de 2008, generada por la desregulación financiera. En aquella ocasión, los Estados rescataron a los bancos, pero cuando trataron de explicar el desastre, culpabilizaron a los salarios, el gasto público, las jubilaciones y las políticas sociales. Clara Mattei, en su libro El orden del capital. Cómo los economistas inventaron la austeridad y allanaron el camino al fascismo pone en evidencia que la reducción del gasto público es una tecnología de disciplinamiento de clase. Recorta recursos y también horizontes; fragmenta solidaridades y convierte cualquier demanda colectiva en una estudiantina adolescente frente a la supuesta seriedad y adultez de los mercados. Seguir insistiendo en las recetas neoliberales es como pedirle al secuestrador Zeus que le explique a Europa las ventajas de su cautiverio.
Fuente: Página 12



