Desde este lado

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lunes 19 de julio de 2021

Por Dante Augusto Palma

El Museo Ashmolean de Oxford, fundado en 1683, fue el primer museo construido con el propósito de estudiar un grupo específico de objetos. La colección principal pertenecía a John Tradescant y a su hijo, ambos botánicos y jardineros del siglo XVII. Entre los objetos a destacar, el escritor argentino Alberto Manguel menciona, en su libro Curiosidad, este particular listado:
“-Un chaleco babilónico.
-Diversas clases de huevos de Turquía: uno de ellos tomado por un huevo de dragón.
-Huevos de Pascua de los patriarcas de Jerusalén.
-Dos plumas de la cola del fénix.
-La garra del Ave Roc que, según informan los autores, es capaz de levantar un elefante.
-Un dodo de la isla de Mauricio; como es tan grande no puede volar.
-Cabezas de liebre, con rugosos cuernos de diez centímetros de largo.
-Un pez sapo, y uno con espinas.
-Diversas piezas talladas en semillas de ciruela.
-Una bola de bronce para calentar las manos de las monjas”.

Como bien infiere Manguel, parece evidente que lo único que tiene en común esta lista de objetos es la imaginación del padre y el hijo que los coleccionaba. Era esta imaginación privada la que daba coherencia y una apariencia de orden al mundo. A su vez, naturalmente, siempre que leemos clasificaciones de este estilo recordamos la harto citada lista de los animales según una apócrifa Enciclopedia china creada por otro escritor argentino, Jorge Luis Borges, en el cuento “El idioma analítico de John Wilkins”. 
Allí los animales se dividen en:
“a) pertenecientes al Emperador b) embalsamados c) amaestrados d) lechones e) sirenas f) fabulosos g) perros sueltos h) incluidos en esta clasificación i) que se agitan como locos j) innumerables k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello l) etcétera m) que acaban de romper el jarrón n) que de lejos parecen moscas”.

De aquí concluye Borges que, para escándalo de todos aquellos que han intentado y todavía intentan hallar una clasificación objetiva del mundo real,  “no hay descripción del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo. ‘El mundo –escribe David Hume- es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es la obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ha se ha muerto’”.

Las advertencias que nos viene brindando la literatura a propósito del modo en que clasificamos el mundo no han alcanzado para que dejemos de intentarlo. La razón es biológica y cultural: el mundo es demasiado complejo y demasiadas cosas lo pueblan como para que tratemos de definirlo prescindiendo de las clasificaciones. Sin ir más lejos, en las próximas semanas se estarían cumpliendo 14 años de la primera vez que alguien utilizó un “hashtag” en el mundo de las redes sociales. El hashtag se construye con una palabra o una frase a la que se le antepone la tecla numeral, o almohadilla, y no es otra cosa que una etiqueta que permite ordenar el flujo infernal de la información que circula por internet: desde eventos específicos como #Mundial2018, pasando por temas generales como #Literatura, hasta proclamas del activismo como #BlackLivesMatter. A partir de estas clasificaciones hacemos más expeditivas nuestras búsquedas, generamos conversaciones, participamos de determinados temas, etc. En la virtualidad, como en el mundo real del cual participa la virtualidad, sería imposible hallar la información, las conversaciones y las temáticas que nos interesan sin estas etiquetas ordenadoras. Sin embargo, cuando accedemos a estudios que se hicieron hace apenas unos años mostrando que solo en Twitter se producen 125 millones de hashtags diarios, alguna duda se nos genera, o al menos se nos plantea que es evidente que hay algún tipo de abuso en el uso de las etiquetas. La mezcla entre la dinámica de las redes para sumar seguidores, el extremo individualismo que nos lleva a pensar que cada uno de nosotros debe crear una etiqueta original para ser tendencia y un tipo de sociedad a la cual le interesa más juzgar que intentar describir, hace el resto. Y aquí aparece un aspecto preocupante porque detrás de esta compulsión por el etiquetado está también esa pasión tan humana por segregar, por marcar al que no piensa como uno. A lo largo de la historia de la humanidad ser etiquetado podía costar la vida y hoy también aunque en general lo que sucede es que las etiquetas actúan como sicarios que ejecutan la muerte civil del señalado. Como muchas veces ya hemos mencionado aquí, a diferencia de lo que sucedía siglo atrás, estar “marcado” por la etiqueta en internet hace que la mácula se lleve a todos lados porque la forma en que alguien te ha etiquetado permanece en la web disponible a ser traído al presente cada vez que se necesite recordarle al muerto civil que no tendrá lugar para resucitar.

Dicho esto, si fuera por el solo hecho de intentar describir, lo máximo a lo que arribaríamos es a la frustración de reconocer, como indicaba Borges,  que toda clasificación es arbitraria. Pero cuando observamos que el etiquetado, más que un afán de descripción, a veces esconde la intención de juzgar, encontramos que la consecuencia es que la etiqueta que juzga no lo hace para incluir al etiquetado entre aquello conocido sino para dejarlo fuera del mundo. Hay etiquetas para conocer y, con ese conocimiento, incluir. Y hay otras etiquetas para juzgar y, con ese juicio, excluir. En una sociedad donde no importa lo que uno hace sino lo que uno, o el resto, cree que es, la etiqueta lo es todo. Y en una sociedad donde prima la tiranía de la subjetividad, estamos a merced de ser juzgados por una imaginación privada tan arbitraria como la del padre e hijo jardineros que acercaron su colección de objetos al Museo Ashmolean de Oxford.

A propósito, en un pasaje en línea con los ya citados, el personaje principal de La Caída de Albert Camus, obsesionado por el modo en que la gente necesita juzgar, comentaba lo siguiente:
“(…) si todo el mundo se sentara a la mesa y llevara inscrito en su persona su verdadero oficio no se sabría dónde volver la cara. Imagínese las tarjetas de visita: Dupont, filósofo cobarde, propietario cristiano o humanista adúltero; hay donde elegir verdaderamente. Pero sería el infierno. Sí; el infierno debe ser así: calles con rótulos, sin medio de explicárselos. Uno está encasillado de una vez para siempre (…)”.

No casualmente, algunas páginas adelante, Camus vuelve a utilizar la metáfora infernal cuando se refiere a cómo algunos han reemplazado a Dios pero siguen haciendo lo mismo desde un nuevo fundamento: “Como a pesar de todo no pueden prescindir de juzgar, se agarran de la moral. En suma, aplican un satanismo virtuoso”.
Curiosamente, los mismos que se abrazarían a un relativismo que celebraría la confirmación de que todo intento de clasificar el mundo resulta arbitrario, no aplican la relatividad a sus juicios de valor ni a las sentencias que se decretan diariamente en el mundo de las redes. Si estas sentencias están fundamentadas, son rumores o lisa llanamente falsedades, poco importa cuando lo que se intenta es juzgar. La humanidad en el siglo XXI puede tolerar que haya aspectos de la realidad a los cuales no pueda acceder o que sean esencialmente controvertidos. Lo que no puede tolerar es que quede alguien sin ser juzgado de manera sumaria con una sentencia eterna. Mientras se celebra el cambio constante y cualquier mutación deviene virtuosa, hay que etiquetar y fijar para siempre a los que cumplen el rol de “los malos” según la nueva moral cada vez más restringida y solo accesible a sus legisladores y guardianes.

En línea con Camus, habría que decir que nadie sabe exactamente cómo es el infierno pero seguramente es un lugar cada vez más grande y lleno de etiquetas.