Desde este lado

Se cumplen treinta años del reto a duelo que sacudió a la política del Chaco

Nacionales jueves 25 de marzo de 2021

El 25 de marzo de 1991 la intendencia de Resistencia estaba en manos de José Ruiz Palacios y el concejal justicialista Jorge Miño era su piedra en el zapato. Cómo surgió el reto y qué se dijeron.

Que dos figuras políticas de partidos adversarios discutan acalarodamente no es algo que pueda sorprender a nadie. Pero que como resultado de ello una de esas personas rete a duelo a la otra, eso sí que es salirse de lo común. Es lo que sucedió treinta años atrás, en el Concejo Municipal de Resistencia, al cabo de un incidente que se convirtió en noticia nacional e internacional.

Los protagonistas fueron el ya fallecido coronel José David Alberto Ruiz Palacios y el dirigente peronista Jorge Belzor Miño. El duelo fue promovido por el veterano militar, que no lo hizo como simple metáfora. Ruiz Palacios quería que lo de él con Miño se dirimiera en un enfrentamiento con armas y hasta que uno de los dos muriera.

El contexto

Pero antes de ir a aquel 25 de marzo de 1991, cuando se produjo aquella insólita situación, hagamos un poco de historia para entender el contexto en el que se desarrollaba la tormentosa relación política entre Ruiz Palacios y Miño.

Cnel. José Ruiz Palacios
Gobernador de Facto
29/3/1981 – 10/12/1983

El coronel había sido gobernador del Chaco en el tramo final de la última dictadura militar. Antes de eso, y después del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, había sido subsecretario del ministro del Interior, el general Albano Harguindeguy, un hombre clave en el equipo de Jorge Rafael Videla, el presidente de facto que había asumido el poder tras el derrocamiento del gobierno constitucional de Isabel Perón.

Según los informes de las organizaciones de derechos humanos elaborados tras la retirada de la dictadura, Ruiz Palacios era uno de los funcionarios que recibía a los familiares de personas desaparecidas y les negaba rotundamente que estuviesen detenidos en cárceles clandestinas o campos de concentración. Sin embargo, en aquellos años miles de militantes políticos habían sido detenidos ilegalmente y recluidos en centros de torturas y aniquilamiento.

Ruiz Palacios llegó al Chaco en 1981. Su estilo era mucho más carismático que el de su predecesor en el cargo, el general Antonio Facundo Serrano, y ganó popularidad cuando se puso al frente de los trabajos de evacuación de familias y construcción de defensas de emergencia en las grandes inundaciones de 1982 y 1983.

Cuando volvió la democracia, no se supo casi nada más de él, hasta que en 1988 trascendió que había comenzado a visitar la provincia interesado en construir una agrupación política propia. Con exfuncionarios y colaboradores fundó Acción Chaqueña, un partido que sorprendió a todos cuando con apenas un año de existencia, en1989, ganó nada menos que la intendencia de Resistencia, con el propio Ruiz Palacios como candidato ganador. Era la antesala de un batacazo mucho mayor: dos años después Acción Chaqueña iba a ganar la gobernación, rompiendo el invicto electoral del peronismo en esa provincia.

El coronel José David Ruiz Palacios había sido gobernador militar en el tramo final de la dictadura.

A fuego lento

Pero volvamos al ’89. En el Chaco era una elección de medio término. El gobernador era el justicialista Danilo Baroni y a nivel nacional concluía tormentosamente la presidencia de Raúl Alfonsín y se producía la amplia victoria del peronista Carlos Menem para sucederlo.

Eran tiempos previos a las reformas de la Constitución Nacional y de la Constitución del Chaco, ambas concretadas en 1994. En los municipios de la provincia todavía no existía una diferenciación nítida entre el rol del intendente y el de los integrantes del Concejo. De hecho, eran los concejales quienes elegían al intendente, por lo cual muchas veces se daban alianzas que terminaban consagrando no al candidato más votado, sino al segundo o incluso al tercero.

En aquel esquema, el intendente era quien presidía las sesiones del Concejo, por lo cual desde diciembre de 1989 el coronel Ruiz Palacios tuvo que sentarse a la misma mesa con los hombres y mujeres de su partido, de la UCR y del peronismo que habían sido elegidos como concejales.

Dentro del bloque peronista estaba Jorge Belzor Miño, un dirigente de la izquierda del PJ que había pasado casi toda la dictadura preso, sufriendo vejámenes y torturas. Llevaba adelante una intensa militancia a favor de los derechos humanos.

Miño, desde el primer día, se asignó a sí mismo la misión de recordarle su procedencia a Ruiz Palacios y de aprovechar los debates para mencionar los crímenes y las persecuciones de la dictura. A veces Ruiz Palacios le respondía –generalmente airado y con indisimulado tono castrense- y otras veces dejaba pasar los discursos del concejal. 

Pero el 25 de marzo de 1991, el concejal justicialista tocó, evidentemente, demasiadas fibras a la vez. El día anterior se había cumplido un aniversario del golpe de Estado que había entronizado a la dictadura en el ’76 y se avecinaba el 2 de abril, fecha de inicio –en 1982- de la guerra entre Argentina e Inglaterra por las Islas Malvinas.

Miño aprovechó ambas efemérides para desplegar un discurso demoledor sobre el rol de las Fuerzas Armadas en la historia reciente. Recordó los crímenes de la represión política de los ’70 y remató con la derrota de los militares frente a los ingleses. “Como el capitán (Alfredo) Astiz, los oficiales del Ejército servían para violar y matar monjas pero no para luchar con enemigos verdaderos, y por eso en Malvinas se rindieron como unos cobardes”, dijo Miño –palabras más, palabras menos- cuando al comienzo de la sesión del Concejo pidió la palabra para rendir homenaje a soldados y suboficiales caídos en la contienda del Atlántico Sur.

El estallido

Ruiz Palacios parecía una olla a presión que alguien había olvidado sobre el fuego. Se lo notaba a punto de estallar… y estalló. “¡Usted habla así porque está lleno de rencor!”, gritó, paralizando a todos los que observaban la reunión, incluidos taquígrafos, asesores y secretarios.

“¡Si yo estuviese lleno de rencor usted no estaría vivo!”, redobló la apuesta Miño, y el coronel contestó al instante: “¡Usted a mí no me mata porque es un cobarde!” Y tras tomar un poco de aire, completó: “¡Lo reto a duelo! Si es hombre lo aceptará. Designe padrino y elija el arma que quiera”.

Quedó instalado un silencio casi sólido. Nadie creía que realmente aquello estaba sucediendo. Ruiz Palacios, sentado en la cabecera de la larga mesa del Concejo, seguía rojizo. Miño, sentado en un lateral, miraba hacia un punto cualquiera de la pared que tenía enfrente, como solía hacer para no cruzar miradas con el coronel. Ya estaba jugado, así que habló para decir: “No tengo padrino, sino testigos, y son las Madres de Plaza de Mayo, ¡y mi arma es la Constitución!”

La sesión ya no podía seguir en esas condiciones, y con el típico barullo ue sigue a un escándalo todos los presentes se desparramaron hacia sus oficinas. La noticia llegó a los medios nacionales e internacionales. No había internet ni redes sociales, o hubiese sido una información difundida al instante en todo el mundo.

En los días siguientes, los medios se ocuparon de ilustrar cuál era el marco legal que todavía permitía los duelos. Una normativa arcaica que nadie se había acordado de derogar. Pero para entonces la cordura o algo parecido había regresado. Ruiz Palacios reconocía que se había excedido, y pedía disculpas, no a Miño sino a la comunidad. Y ante una pregunta del inolvidable periodista Víctor García del Val, acerca de cuál era su arma favorita, Ruiz Palacios contaba: “El sable”. Como con cierta melancolía, porque nada de lo que había pensado iba a suceder.

Ruiz Palacios falleció de cáncer, en 2001. Miño continúa siendo un activo dirigente, aunque la pandemia de coronavirus lo obligó a recluirse en su domicilio el mayor tiempo posible. Hoy tiene 76 años. Cuando este diario lo llamó para recordar aquel increíble episodio, lo rememoró con calma. “Eran tiempos en los que la democracía todavía parecía frágil, y a mí me parecía importante recordar lo que habíamos vivido con la dictadura. Sé que a Ruiz Palacios le molestaba mucho lo que yo decía. Incluso veía que le daban una pastillita cuando yo iba a hablar. Pero yo no me podía callar”.

Fuente: Norte