
Una efeméride es “un acontecimiento notable que se recuerda en cualquier aniversario de él”. Esto no es una efeméride. El 27 de abril de 2003 no es un recuerdo del pasado sino una invitación a pensar el presente y el futuro.
Por Tomás Aguerre
Ese día se produjeron las primeras elecciones después del estallido social de diciembre de 2001, provocado por el agotamiento de un modelo político y económico que había dejado de dar respuestas. Pero la pregunta hacia dónde debía salir nuestro país no estaba respondida de antemano.
No hubo segunda vuelta. El candidato con más votos decidió bajarse de una disputa que consideraba perdida. La sociedad sí había tomado una decisión: quizás no sabíamos cómo había que salir pero sabíamos cómo no se salía. Esa sociedad estaba segura de que volviendo al modelo neoliberal que comenzó en la dictadura y se profundizó en los años noventa no había salida posible. La historia que comenzó entonces es conocida por todos.
Quizás no sabíamos cómo había que salir pero sabíamos cómo no se salía”
Cuidado con traer a la actualidad el proceso político que tuvo lugar entre 2003 y 2015 porque – eso sí – “atrasa”
Entonces bien vale preguntarse a qué se debe esa impugnación. Por qué se puede hablar tanto de todos los procesos históricos anteriores a 2023 pero cualquier apelación a una política pública – muchas de ellas incluso vigentes al día de hoy – producida entre 2003 y 2015 recibe el apelativo de antigüedad.
Y ahí la respuesta parece simple: porque la lección que empieza en abril de 2003 es que siempre, en cualquier contexto, se puede. Si se pudo con menos votos que pobres, se puede. Los procesos políticos tienen lugar en escenarios previamente configurados, sí, pero esos escenarios están para ser desmontados y vueltos a construir. Claro que voluntad no es voluntarismo. No significa que se pueda todo, todo el tiempo. Tampoco es cierto que por enunciar que algo se pueda, se va a poder. Pero sólo se va a poder con un proyecto de país en la cabeza, la vocación por transformarlo en el corazón y el trabajo para hacerlo realidad en las manos. No se puede ninguna sin la otra.
La lección que empieza en abril de 2003 es que siempre, en cualquier contexto, se puede”

Néstor no ganó las elecciones para ponerse una banda y contar que fue presidente. Ganó las elecciones para comenzar a construir, de manera colectiva, el proyecto de país con el que soñaba. Comenzó con nada y sumó a muchos y muchas porque, en el camino, le fue leal a lo que pensaba desde el principio.
Es esa simple pero enorme enseñanza la que no pierde ni va a perder vigencia. Es ese recuerdo de que las cosas pueden ser mejores para una amplia mayoría de la sociedad lo que quieren silenciar. El pequeño pero poderoso gesto de que existe una alternativa. La confianza y la autoestima de un pueblo sabiendo que se puede construir otro país. No serán todas las mismas herramientas las que haya que usar. Habrá otros desafíos, otras disputas y otras soluciones. Pero será siempre sabiendo que la defensa de los intereses nacionales necesitan del coraje y el patriotismo para plantar una bandera y decir que, incluso en el contexto más difícil, todavía se puede.
El ejemplo de Néstor no es una vuelta al pasado sino una afirmación sobre el presente y sobre nuestro futuro en común. Como decía John W. Cooke: “El pasado es el reconocimiento de los pueblos consigo mismo pero no es la vuelta al pasado, es la proyección del pasado hacia el porvenir, porque el presente encierra también el porvenir”. Es, en definitiva, parte de la identidad política que nos constituye.
El ejemplo de Néstor no es una vuelta al pasado sino una afirmación sobre el presente y sobre nuestro futuro en común”
Por eso esto no es una efeméride. No es un llamado a “volver a Néstor” o a “recordar” su figura. Es una convocatoria a entender e incorporar en nuestras luchas actuales su propia actualidad y vigencia. En 2003, en la conversación con Torcuato Di Tella para el libro “Después del derrumbe”, Néstor Kirchner dijo:
“Mire, Torcuato, en la década del 90, el mercado y la economía desalojaron al Estado y a la política, en una aceptación tácita del fin de la historia y en una aceptación explícita de la teoría del derrame: que la sola transformación económica y el mercado bastarían para que los beneficios llegaran finalmente a todos. No hace falta que le recuerde que no fue así. Yo digo que lo único que derramó esa teoría fue miseria. Es cierto que el mercado organiza económicamente, pero no articula socialmente. Por eso, la sola presencia del Estado o su ausencia también constituyen de por sí una política. Por lo tanto, es desde la política desde donde se deberá articular el Estado y el mercado, superando la acción pendular de haber pasado de un Estado omnipresente a un Estado desertor y abordando una nueva reingeniería que nos permita llegar a un Estado inteligente. Creo en un proyecto nacional. No sé por qué se asustan y se preocupan tanto, si lo único que digo es que por lo menos reconstruyamos un capitalismo nacional en la Argentina y generemos una alternativa que permita volver a movilizar a la sociedad”.
Quien crea que esas palabras y los hechos posteriores no tienen nada que ver con lo que estamos viendo, o vio otro pasado, o está viendo otro presente. La figura de Néstor Kirchner, su victoria el 27 de abril de 2003, los 12 años del proceso político que encabezó junto a Cristina Kirchner tienen plena vigencia. No por la reivindicación del pasado sino porque en sus actos, en sus gestos y en los hechos que plasmaron, proyectaron hacia el porvenir.
Un porvenir que tenemos la misión de construir colectivamente. Leopoldo Marechal escribió una vez que “el pueblo recoge todas las botellas que tiran al agua con mensajes de naufragio”. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria.
Fuente: lacampora.org



