
26 de julio: Evita, la mística del pueblo
El fuego sagrado de Evita sigue ardiendo en cada lucha del campo popular. Honrarla es militar su mística y levantar su nombre como bandera. A 73 años de su paso a la inmortalidad, hoy nos guía su ejemplo para liberar a Cristina.
El sábado 26 de julio de 1952 la tristeza se respiraba en el aire. Millones de argentinos y argentinas estaban pegados a sus radios para ser informados del estado de salud de su querida Evita. Su rostro aparecía en estampitas, su nombre era motivo de oraciones en todos los rincones de la patria. En cada barrio se levantaba un altar, en cada barrio se organizaba una misa para rezar por ella. Cuando esa noche húmeda y encapotada el locutor oficial comunicó que a las 20:25 hs la Jefa Espiritual de la Nación había pasado a la inmortalidad, el pueblo descamisado entró en llanto. Tenía 33 años, la edad de Cristo al ser colgado en la cruz.
No casualmente la rancia oligarquía eligió esa fecha para condenar a Cristina en 2022.
Sin embargo, eso no fue lo peor. Apenas dos semanas antes, el 22 de noviembre de 1955, un grupo de oficiales se llevó el cadáver de Evita de la CGT y lo mantuvo secuestrado y desaparecido por dieciséis años, en venganza por los dieciséis días en los que el pueblo demostró su lealtad y apego incondicional. Más de medio siglo después, el gorila de Luciani exigió doce años de cárcel para Cristina en el marco de la causa trucha “Vialidad”, en evidente represalia por los doce años de la Década Ganada. Rodolfo Walsh escribió un estremecedor relato, titulado “Esa mujer”, para graficar el miedo abismal y paranoico que les producía Eva a los sectores privilegiados. No está muy lejos de lo que sucede hoy. Los tiene aterrados el cuerpo de una mujer.
Evita pagó con su cuerpo sufrimientos inimaginables, pero resucitó en un cuerpo colectivo que involucraba a millones de almas. Es que Evita fue la mística del pueblo. Porque creía fervorosamente en él, porque quemó su vida en la reparación de injusticias, en abrazar a los rotos, en devolver la esperanza. Pero también era el nombre y la imagen que condensaba esa mística en el seno del pueblo peronista, esa mística que lo mantuvo unido espiritualmente en medio de las persecuciones, la violencia y el desprecio con los que se descargaba esa cruenta minoría que no podía soportar haberlo visto feliz.
No está muy lejos de lo que sucede hoy. Los tiene aterrados el cuerpo de una mujer.
El tiempo de la proscripción fue un tiempo de catacumbas, donde el movimiento tuvo que reconstruirse de abajo para arriba, de manera silenciosa, repleta de presiones y amenazas, con el heroísmo anónimo de quienes no se rinden ni se quiebran en aquellos momentos en los que el mundo aparenta volvérseles en contra. Para muchos, el sacrificio de Eva fue el aliciente que les recordó por qué no tenían que bajar los brazos, a pesar de las mil y un dificultades que les deparaba la época. Decía Evita que “el fanatismo es la sabiduría del espíritu” y fue precisamente de fanatismo el mensaje que transmitió a todas las generaciones con su testamento político.
Ahora es la generación presente la depositaria de la mística que encarna y propaga el nombre de Eva.
Tenemos entonces la responsabilidad absoluta de convertir la gratitud en esperanza y liberar a Cristina para que esa Argentina que perdimos hace diez años no sea ya mera expresión de nostalgia sino el piso innegociable desde el que decidimos construir y soñar. Nunca menos: que un puñado de derrotistas no nos quieran convencer de lo contrario. Será con la bandera de Evita flameando en cada movilización. Será llevando su ejemplo y su fuego sagrado en el corazón. Será militando por amor al pueblo y de la mano del pueblo, como ella nos enseñó; será dando la vida por Cristina, como ella la dio por Perón. Siempre con el deber de vencer:

Fuente: lacampora.org



