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Los Redondos y «Oktubre»: 40 años del disco que comenzó el asalto a la cultura de masas

Realismo ricotero

La banda del Indio Solari y Skay todavía transitaba el circuito under cuando presentó esas canciones en Paladium, pero ya estaba construyendo una relación inédita con su público. Con el tiempo se transformó en el grupo de rock más grande de la historia de la música popular argentina y “Jijiji” se volvió un ritual multitudinario y uno de sus símbolos más poderosos.

Por Gustavo Atonalam

En octubre de 1986 la palabra revolución tenía una historia demasiado grande como para ser utilizada alegremente. La Argentina llevaba tres años de democracia, pero la ilusión del comienzo empezaba a convivir con una economía que se deterioraba, con la persistencia de las heridas de la dictadura y con una modernización cultural que avanzaba a toda velocidad. El rock, mientras tanto, también estaba cambiando. Había nuevas bandas, nuevos sonidos, nuevas maneras de vestirse y de escuchar música. El under porteño empezaba a ser menos marginal y más visible. En ese momento, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota puso en circulación un disco cuyo título parecía mirar hacia atrás para hablar del presente: Oktubre.

No hacía falta conocer demasiado de historia rusa para entender que allí había una provocación. La revolución de 1917 estaba en la tapa diseñada por Rocambole, en las multitudes, en las banderas, en el rojo, pero también en la propia idea de un mundo que debía ser transformado. Lo curioso es que las canciones no desarrollaban un programa político. No había una revolución narrada desde sus protagonistas ni una pedagogía ideológica. Había, en cambio, una sensación de insurrección permanente, como si algo estuviera a punto de ocurrir y nadie supiera exactamente qué.

Eso empezaba por la música. Después de Gulp!, Los Redondos encontraron en Oktubre una forma mucho más definida de construir clima. El disco fue grabado en Panda, un estudio de 24 canales que les permitió trabajar con mayores posibilidades que en el debut. Allí aparecieron los teclados de Daniel Melero y las percusiones de Claudio Fernández, además de una formación que tenía en Skay Beilinson y Tito Fargo dos guitarras, a Semilla Bucciarelli en bajo, Piojo Ábalos en batería y Willy Crook en saxo.

La diferencia con Gulp! no está solamente en que el segundo disco sea más oscuro. Está en la manera en que la banda empezó a utilizar el sonido como parte del significado. “Fuegos de Octubre” no parece una canción que simplemente comienza: parece que abre una puerta. La batería tiene algo marcial y las guitarras avanzan sobre una atmósfera tensa, mientras la voz del Indio Solari aparece menos interesada en contar una historia que en convocar a un estado de ánimo. El famoso coro que remite a la revolución rusa no convierte al tema en una canción histórica. Lo convierte en una escena.

Esa diferencia ayuda a entender qué estaban haciendo Los Redondos. Solari no escribía letras políticas como las que podía escribir un cantautor. Sus canciones estaban llenas de personajes, frases cortadas, imágenes sexuales, referencias callejeras, drogas, televisión, paranoia y violencia. El sentido no aparecía siempre en una primera lectura. Había que quedarse un rato ahí adentro. Y esa dificultad, lejos de ser un defecto, fue una de las razones de su poder posterior.

“Preso en mi ciudad” es quizá una de las mejores puertas de entrada al mundo del disco. La frase del título alcanza para construir una situación completa: estar encerrado sin necesidad de que haya barrotes. La ciudad moderna aparece como un lugar de circulación y, al mismo tiempo, de vigilancia, deseo y aislamiento. En una Argentina que acababa de recuperar las libertades públicas, la canción introducía una pregunta menos evidente: ¿qué significa ser libre cuando las formas del encierro no son solamente políticas?

Los Redondos y «Oktubre»: 40 años del disco que comenzó el asalto a la cultura de masas
Los Redondos surgieron del under y conquistaron estadios.

“Divina TV Führer” llevaba esa pregunta hacia el living. El título hace una asociación brutal: la televisión doméstica convertida en autoridad, casi en dictadura privada. En 1986 todavía no existían Internet ni las redes sociales y había muchas menos pantallas, pero la intuición conserva una vigencia incómoda. La televisión no necesitaba imponer una doctrina para ejercer poder. Bastaba con ocupar el espacio de la atención. Los Redondos entendieron temprano que la cultura de masas podía ser una forma de disciplina mucho más seductora que la prohibición.

El disco tampoco separa esa dimensión social de los estados del cuerpo. “Música para pastillas” introduce las sustancias como parte de una experiencia urbana en la que el individuo necesita alterar su percepción para soportar lo que lo rodea. “Semen-Up” se mueve en otro registro y devuelve el sexo, el deseo y el humor a un álbum que, de otro modo, correría el riesgo de quedar atrapado en su propia solemnidad. Solari sabía que una época no se explica únicamente por sus acontecimientos políticos. También está hecha de aquello que la gente hace cuando nadie está escribiendo la historia: salir, coger, drogarse, bailar, mirar televisión, aburrirse, inventarse una identidad.

“Motorpsico” profundiza esa zona de incertidumbre. El personaje de Solari parece estar siempre a punto de convertirse en otra persona o de descubrir que ya lo hizo. Las palabras no describen una psicología: producen una psicología. De ahí que tantas letras de Los Redondos admitan interpretaciones diferentes sin agotarse en ninguna. No es que sean deliberadamente oscuras para que cada uno encuentre lo que quiera. Hay algo más interesante: están construidas de modo tal que el oyente participa en la construcción del sentido.

Y después está “Jijiji”, una canción que terminó teniendo una vida propia. En el disco aparece como una pieza de enorme tensión, sostenida por una guitarra insistente y una estructura que acumula energía hasta convertir el estribillo en una descarga. Con los años, esa descarga se volvió colectiva. El pogo asociado a “Jijiji” transformó una canción sobre un estado alterado, cargada de imágenes ambiguas y paranoia, en uno de los grandes rituales del rock argentino. La historia de la canción es, en ese sentido, también la historia de cómo una multitud puede apropiarse de una obra y darle un significado que excede las intenciones originales.

Hay algo casi paradójico en ese destino. Oktubre era un disco hecho por una banda que todavía pertenecía al circuito alternativo y que trabajaba con una lógica artesanal. El crecimiento de Los Redondos todavía estaba por venir. Las presentaciones del 18 y 25 de octubre en Paladium fueron importantes precisamente porque mostraban que aquella comunidad ya estaba dejando de ser pequeña, aunque todavía se encontraba muy lejos de la escala multitudinaria que alcanzaría años después.

En ese tránsito entre el under y la masividad hay una de las claves del legado de Oktubre. Los Redondos demostraron que no era necesario simplificar una canción para que pudiera convertirse en un himno. “Jijiji” sería el caso extremo, pero no el único. El público podía cantar una letra que no terminaba de comprender, podía apropiarse de una frase sin traducirla, podía convertir una imagen privada en una consigna colectiva. En ese sentido, la banda hizo algo poco frecuente en el rock argentino: conservó la ambigüedad como parte de su relación con un público cada vez más grande.

Los Redondos y «Oktubre»: 40 años del disco que comenzó el asalto a la cultura de masas
Oktubre es una de las tapas más icónicas de la historia de la música popular argentina.

“Canción para naufragios” lleva esa tensión hacia una escala más amplia. Allí el desastre deja de ser solamente personal. Hay una sensación de amenaza que pertenece al clima de la Guerra Fría, al miedo nuclear y a la posibilidad de una destrucción que ya no necesita estar presente para organizar la imaginación. En “Ya nadie va a escuchar tu remera”, en cambio, aparece una intuición diferente: hasta los signos de rebeldía pueden convertirse en mercancía. La camiseta, la estética, la pose, aquello que alguna vez identificó a una tribu, puede terminar exhibiéndose como producto.

Vista desde 2026, esa idea resulta especialmente perturbadora. El capitalismo cultural aprendió hace tiempo a vender rebeldía, transgresión y diferencia. Lo que en 1986 podía parecer una intuición acerca de la apropiación comercial de los símbolos contestatarios hoy forma parte del paisaje cotidiano. Pero sería injusto reducir Oktubre a la condición de disco profético. Su fuerza no depende de haber anticipado Instagram, las plataformas o la publicidad personalizada. Depende de haber entendido algo más elemental: que una sociedad puede transformar incluso aquello que nace contra ella.

La revolución del título, entonces, no necesita ser tomada literalmente. En Oktubre hay una revolución sonora, porque Los Redondos encontraron una forma propia de endurecer su música sin convertirla en heavy metal; hay una revolución poética, porque Solari llevó el lenguaje del rock hacia una zona de asociaciones que no obedecían a la narración convencional; y hay una revolución cultural, porque una banda que todavía se movía en espacios pequeños empezó a construir una relación con su público que después sería prácticamente irrepetible.

También por eso conviene escuchar el disco completo y no solamente perseguir sus himnos. “Fuegos de Octubre”, “Preso en mi ciudad”, “Divina TV Führer”, “Música para pastillas”, “Semen-Up”, “Motorpsico”, “Canción para naufragios”, “Jijiji” y “Ya nadie va a escuchar tu remera” forman una secuencia. Hay un mundo ahí adentro. Un mundo de ciudades hostiles, cuerpos excitados, pantallas, sustancias, deseos, amenazas, mercancías y fantasías revolucionarias. No es exactamente la Argentina de 1986, pero tampoco podría haber nacido en cualquier otro lugar.

Quizá ésa sea la razón por la que Oktubre sigue sonando. No porque sus canciones hayan quedado congeladas en una época gloriosa del rock argentino, sino porque nunca fueron del todo canciones de época. El tiempo les quitó algunas referencias y les agregó otras. La televisión cambió, el mundo cambió, la industria musical cambió, Los Redondos dejaron de existir como banda. “Jijiji”, sin embargo, todavía puede provocar que miles de personas salten al mismo tiempo. Y una canción que consigue semejante transformación después de cuarenta años ya no pertenece solamente a quienes la escribieron.

El 4 de octubre de 1986, cuando Oktubre llegó a las disquerías, Los Redondos todavía no sabían en qué se convertirían. Quizá por eso el disco conserva algo que sus obras posteriores, inevitablemente más conscientes de su propio peso histórico, fueron perdiendo: la sensación de peligro. Hay momentos en que parece que la banda está descubriendo su propio lenguaje mientras lo toca. Las guitarras, el bajo, el saxo, las percusiones y esa voz que nunca termina de explicar lo que está diciendo avanzan como si estuvieran buscando una salida.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota – Oktubre

  1. «Fuegos de octubre»
  2. «Preso en mi ciudad»
  3. «Música para pastillas»
  4. «Seminare»
  5. «Divina TV Führer»
  6. «Motor psico»
  7. «Jijiji»
  8. «Canción para naufragios»

Fuente: Tiempo Argentino

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