
Bajo nuestros pies, en Retiro: el mercado de esclavos que la Plaza San Martín olvidó
Historias ocultas
Muy pocos saben que este emblemático lugar de Buenos Aires y sus inmediaciones albergaron, hace tres siglos, uno de los mayores mercados de esclavos de Sudamérica.
Por Ahmad Alaqidi
Cada mañana, miles de personas cruzan la Plaza San Martín, en el corazón de Buenos Aires. Oficinistas apurados rumbo al trabajo, turistas que fotografían los árboles centenarios, parejas sentadas en el césped frente a la estación de Retiro. Muy pocos saben que este lugar y sus inmediaciones albergaron, hace tres siglos, uno de los mayores mercados de esclavos de Sudamérica.
Una ciudad levantada sobre el contrabando
Buenos Aires nació como guarnición militar y creció como puerto de contrabandistas. España prohibía el ingreso de mercaderías para proteger el monopolio comercial de Lima, pero la ubicación frente al Atlántico y los buenos caminos hacia el interior hacían del Río de la Plata una puerta irresistible. La corrupción de los funcionarios permitió negocios lucrativos: autorizar la entrada de esclavos y mirar hacia otro lado cuando la plata de Potosí salía de forma ilegal. Según el arqueólogo Daniel Schávelzon, cuyo trabajo sirve de base a esta nota, fue eso lo que hizo posible la existencia misma de la ciudad.
La trata estuvo ligada a Buenos Aires desde el principio. El primer traficante exitoso que se conoce fue el obispo de Tucumán, Francisco de Vitoria, quien en 1585 organizó una expedición con 30.000 pesos de plata de contrabando y regresó con 80 esclavos, entre otras mercaderías. Con los años, la Corona concedió el monopolio a distintas compañías: la Compañía de Guinea en 1696, la misma compañía desde Francia en 1701 y la Compañía del Mar del Sur, británica, en 1713. Cada una tuvo cuarteles y mercados en la ciudad.
La casa para el retiro que se volvió mercado
En 1696, el gobernador Agustín de Robles levantó en la zona conocida como «El Retiro» una casa de dos plantas, con 32 habitaciones, amplios sótanos y construcciones secundarias. Era la vivienda más grande de la ciudad. Robles nunca la habitó: sus problemas judiciales con la Corona, vinculados al contrabando, se lo impidieron. En 1703 la vendió a su socio Miguel de Riglos, quien la alquiló a la Compañía de Guinea. En 1713 pasó a manos de la Compañía del Mar del Sur, que compró todo y amplió el predio hasta alcanzar un frente de alrededor de un kilómetro.
Esa compañía introdujo legalmente poco más de 10.000 personas, sin contar a quienes llegaron por contrabando. Fue expulsada en 1740 por la guerra entre España e Inglaterra. Después, el lugar quedó en abandono, fue ocupado ilegalmente y terminó fragmentado entre depósitos de contrabandistas, una jabonería y hasta una cervecería. Parte del predio sirvió como depósito de artillería hasta el siglo siguiente.

Lo que ocurría adentro
Las cifras bastan para imaginarlo. Cerca del 40 por ciento de las personas secuestradas moría durante la travesía del Atlántico, y otro 10 por ciento entre el desembarco y la venta. En uno de los barcos de la compañía murieron 350 de 500 durante el viaje y otros 50 al llegar. En un juicio contra el capitán de otro buque, que vendió hasta la ropa destinada a los esclavos, murieron de frío y hambre unos 275 de los 563 enviados desde Guinea.
Los sobrevivientes eran amontonados en patios y salones, sin letrinas ni hospital, porque resultaba más barato dejarlos morir que atenderlos. Eran marcados a fuego y medidos para fijar su precio según talla y fuerza. Hasta el siglo XVIII era habitual marcar el rostro. Los papeles de la época los llamaban «fardos racionales». Había también oficinas, viviendas de capataces, látigos y cepos. Los días de venta los exhibían sobre bancos o tarimas, y luego los llevaban encadenados hacia otras ciudades, sobre todo Potosí.
Cuando en el siglo XIX el Cabildo prohibió instalar allí un nuevo mercado, el argumento fue que los recién llegados traían sarna, escorbuto y un olor pestilente que el viento norte llevaría hasta la ciudad. Del sufrimiento de esas personas, ni una palabra.
Los sótanos que nadie había visto
Durante décadas, el aspecto de este lugar fue un enigma. La zona se transformó por completo, no existen planos fiables y no sobrevive ninguna imagen del siglo XVIII. El hallazgo llegó en 2010: diez grabados impresos hacia 1875 que muestran los sótanos de la cervecería fundada por Emilio Bieckert. Allí se ven bóvedas, nichos en forma de arco, una abertura cuadrada en el techo para pasar objetos, ventanas oblicuas y un túnel oscuro que se hunde bajo la ladera.
Bieckert compró el terreno en la década de 1860 y, con toda probabilidad, ignoraba el pasado de esas galerías. Le servían para fermentar la cerveza porque mantenían una temperatura estable. Tras vender la fábrica en 1889, el predio cambió de manos varias veces. En 1910 lo adquirió Nicolás Mihanovich, se abrió la calle Arroyo y se levantaron los palacios aristocráticos de la zona, algunos de los cuales siguen en pie.
Schávelzon es cuidadoso: los grabados muestran actividades posteriores a la trata, la ubicación exacta de los sótanos sigue sin confirmarse y, en sus propias palabras, se trata de un caso de «poca información y mucha hipótesis». Aun así, son las únicas imágenes interiores conocidas de un mercado de esclavos en Buenos Aires. Y sin saber dónde estuvo con precisión, no es posible excavar. Del sector donde se vendía a las personas solo se sabe que era una «amplia plataforma, como un escenario», ubicada donde hoy se cruzan las calles Florida y Maipú.
Una historia sin huella
Esto no es solo cosa del pasado. Hacia la época de la Independencia, alrededor del 30 por ciento de la población de Buenos Aires era afrodescendiente, y más de la mitad en el norte del país. Sin embargo, la ciudad se construyó una imagen de sí misma como «blanca», y los afrodescendientes quedaron fuera de la memoria colectiva. Ese borrado no fue solo olvido: fue también demolición, reconstrucción y cambio de nombres.
Hoy caminamos sobre un lugar por el que pasaron miles de seres humanos encadenados, y nada en la plaza lo recuerda. No hay una placa, un monumento ni un nombre. El predio se transformó en cervecería, en palacios y en espacio verde, pero ningún rincón evoca a quienes sufrieron allí.

¿Para qué recordar?
Recordar no es flagelarse ni remover el pasado por morbo. Es reconocer que parte de la riqueza y de la construcción de esta ciudad se apoyó en personas cuyos nombres no quedaron registrados, y que sus descendientes viven hoy aquí y forman parte del tejido de este país. Las ciudades maduras son las que pueden contar su historia completa, incluso lo que duele.
Muchas lo han hecho. Levantaron monumentos en antiguos puertos esclavistas y museos en los sitios donde funcionaron los mercados, y convirtieron el silencio en memoria viva.
La Plaza San Martín honra, con justicia, a uno de los héroes de la Independencia. ¿No cabría también un homenaje a quienes fueron privados de su libertad a pocos pasos de allí?
¿Cuándo veremos en esta plaza un monumento que cuente esta historia?
Biografía de un lugar de Buenos Aires
Con el paso de los siglos, la Plaza San Martín se ha convertido en un lugar fundamental de la geografía urbana de Buenos Aires. Como uno de los primeros lugares reconocibles dentro del trazado original de la ciudad, el emblemático predio del barrio de Retiro acumula historias, muchas de ellas desconocidas, como la que se cuenta en la nota.
Justamente, en el libro Plaza mágica. Biografía de un lugar de Buenos Aires, publicado este año por Adriana Hidalgo Editora, el escritor, periodista e investigador Álvaro Abós traza un recorrido de intensión exhaustiva por los casi cinco siglos de historia del parque. Delimitado por las calles Florida, San Martín, Maipú y Av. del Libertador, cuyas denominaciones evocan la figura del general José de San Martín, el terreno fue testigo del nacimiento y desarrollo no solo de la ciudad, sino de la Argentina.
En Plaza mágica, Abós encadena relatos, yendo desde ese macabro uso como depósito de personas esclavizadas, hasta el linaje de los edificios y palacios que lo rodean, incluyendo el famoso Kavanagh —que supo ser el rascacielos más alto de Latinoamérica— o el Círculo Militar, espacios con sus propias mitologías. E incluso el vínculo que distintas figuras entablaron con el lugar, entre ellos algunos de los más grandes escritores que habitaron Buenos Aires, del omnipresente Jorge Luis Borges al polaco Witold Gombrowicz. En ese sentido, Plaza mágica permite conocer mejor uno de esos lugares por los que porteños y visitantes caminan abstraídos, sin pensar que lo único que hacen es andar sobre los pasos de la historia.

Cultura – Tiempo Argentino



