
¿Cómo liberar a Cristina?
Por Oscar Parrilli
La repercusión de la última entrega de este espacio, donde trazamos el paralelismo histórico entre el odio antiperonista de 1955 y el actual dispositivo del lawfare, obliga a profundizar el debate. No se trata de un mero ejercicio de memoria histórica, sino de una urgencia del presente. Ante la recurrente pregunta de la militancia sobre cómo terminar con la proscripción de Cristina Fernández de Kirchner y cómo liberarla de su injusta condena, la respuesta debe ser clara, contundente y por sobre todas las cosas, estrictamente política.
Para romper la proscripción, el primer paso ineludible es el reconocimiento pleno y la defensa irrestricta de su conducción. ¿Qué duda cabe de que estamos ante una dirigenta de una talla histórica? Dos veces presidenta de la Nación, vicepresidenta, presidenta del Partido Justicialista y artífice, junto a Néstor Kirchner, de una etapa refundacional de nuestro país. Hablar de Cristina es hablar de la recuperación del trabajo, de la soberanía energética con YPF, del desendeudamiento, de la ampliación de derechos con la Asignación Universal por Hijo y de la osadía histórica de haberse plantado frente a los poderes fácticos y al Fondo Monetario Internacional. Por lo tanto, defenderla es defender el proyecto de país que representa.
En este escenario, se vuelve imperioso interpelar con firmeza hacia el interior del movimiento nacional y popular. Todos los dirigentes políticos que la acompañaron en su gestión, hombres y mujeres, que hoy ocupan puestos de alta responsabilidad y poder institucional deberían estar a diario, en cada intervención pública, denunciando esta persecución. No se trata simplemente de una obligación democrática en términos abstractos; es una responsabilidad ética y moral. Quienes hoy detentan representación política y espacios de decisión deben recordar que están donde están gracias a la voluntad política, el respaldo y la oportunidad que Cristina les otorgó. Silenciar o relativizar el cerco que se le impone a la conductora no es prudencia; es complicidad.
Es necesario que aquellos dirigentes peronistas que hoy caminan el país con prematuras aspiraciones electorales comprendan una verdad histórica y política insoslayable: no habrá gobierno peronista viable con Cristina presa y proscripta. Pensar que se puede edificar un proyecto de país dándole la espalda a la mayor referencia popular de las últimas décadas es un error de diagnóstico fatal o, peor aún, una muestra de cobardía política.
Cada cual deberá considerar muy bien qué tipo de actitud va a tomar en este momento crucial. La historia no es amnésica. Aquellos que pretendan naturalizar la proscripción para beneficio propio o jueguen a la distracción especulativa, sepan que tarde o temprano deberán dar explicaciones a todo el movimiento peronista sobre su accionar desleal y oportunista. La lealtad no es una palabra abstracta que se declama los 17 de octubre; se demuestra poniendo el cuerpo cuando el poder real intenta decapitar al subsuelo de la Patria.

El camino de la organización popular
La historia argentina ya nos demostró que el poder concentrado no cede ante la ingeniería de los tribunales ni ante la buena voluntad institucional. A Juan Domingo Perón no lo trajo de vuelta un fallo judicial, sino la obstinación de un pueblo organizado y la Resistencia Peronista. La proscripción actual se rompe bajo esa misma premisa: con más política, más organización colectiva y más militancia activa.
Romper el cerco implica dar la batalla cultural cotidiana en cada barrio, universidad, fábrica y plataforma digital para desarmar las operaciones del Partido Judicial. Exige fortalecer una estructura colectiva sólida y unida, capaz de ser vanguardia y no mera espectadora del desánimo que intentan inocularnos. La respuesta a cómo liberar a Cristina está en las manos del pueblo organizado. No cabe esperar milagros de un sistema judicial degradado; la liberación de la conducción es la condición necesaria para la liberación de la Patria. Si el movimiento asume su responsabilidad histórica y moral, no habrá proscripción que pueda sostenerse en el tiempo.




