
Federico Jeanmaire: “En la lectura se juega bastante de la democracia”
Entrevista
El escritor argentino publicó una nueva novela, “La niña que leía sentada en el piso” (Híbrida Editora), un relato desacartonado y tierno en torno a la historia de la edición y la lectura, a partir de una nena que aprende a leer antes que a hablar.
El escritor argentino Federico Jeanmaire acaba de publicar otra novela y eso siempre es una buena noticia, Se trata de La niña que leía sentada en el piso (Híbrida Editora), una desacartonada y tierna historia de la edición y la lectura. El autor es un virtuoso en el arte de relacionar lo imposible, así que no prueben esto en un sus casas porque pueden producir un desastre. La protagonista del relato es L., una niña que aprendió a leer antes que a hablar y para quien lectura es el centro de su vida. Pero su madre la considera una “diversa funcional” y la lleva a una consulta con una terapeuta que sufre la soledad de su reciente e viudez. A esto hay que sumarle el personaje del Quijote y mucho más.
-Me gustó mucho La niña que leía sentada en el piso por las múltiples relaciones que establece con campos como el de la lectura, la escritura y porque pone en escena un gran pasión por El Quijote, personaje en el que sos especialista. ¿Cómo se gestó la idea de este libro?
-Nació de las ganas de escribir una historia de la lectura y de la edición al revés. Es decir, a partir de esta nena que aprende a leer antes que a hablar quise contar el pasado de la lectura y de la edición. Esa fue la idea original.
-¿Y de dónde surge la idea de historiar esos elementos?
-Es que siempre tuve la impresión de que la gente supone que los libros siempre fueron Iguales y no, no lo fueron, no se vivió siempre igual. Tenía ganas de escribir eso y entonces pensé en una nena con esas características, empecé a escribirlo y ahí aparecieron más cosas. Lo de Miguel Delibes, lo de Cervantes. Apareció todo eso y comencé a trabajar a partir también de la ternura, porque yo le atribuyo a la lectura silenciosa, digamos, individual, que es la lectura moderna de los últimos cuatro o cinco siglos, también mucho del pacto democrático. De que el mundo se haya puesto un poco más vivible y entonces quería también contar todo eso, pero a partir del amor, de lo que significa leer, hablar y sobre todo, quererse. Todo esto fue naciendo, creciendo, pero siempre a partir de la idea original: contar la historia de la lectura y de la edición al revés, a partir de esa nena que aprende primero a leer que a hablar.

-En el libro haces un viaje de ida y vuelta en el tramo de la lectura, para volver a la lectura anterior a la puntuación, por ejemplo. Porque la puntuación, claro, nació más tarde que la lectura y esto constituyó toda una revolución.
-Claro, no había puntos, no había separación entre palabras y por eso era tan importante saber leer, porque saber leer era tener un poder que la mayor parte de la gente no tenía. Por ejemplo, algo que a mí siempre me impresionó es que muchos de los monjes que reproducían manuscritos, la Biblia y libros religiosos copiaban el dibujo de la letra, pero no sabían lo que estaban escribiendo. Por eso hay tantos errores en todos esos libros. Y después, bueno, la importancia del lector. En Grecia, una persona que sabía leer era muy importante porque era el único que podía descifrar un texto. Entonces, los ricos que no sabían leer se tenían que buscar un cantor de la lectura para poder acceder a ella. Las lecturas siempre eran en voz alta, entre muchos. Por ejemplo, la biblioteca de Alejandría era un lugar donde se juntaban a escuchar los libros. La gente no iba ahí a leer en silencio como leemos nosotros hoy, sino que iba a escuchar a los que sí sabían leer, que eran muy pocos. Contar todo eso al revés me pareció lindo, una muestra de cómo cambian las cosas. A mi hijo cuando era chico le parecía que no era posible que yo hubiera vivido a su edad sin televisión, me refiero a ese tipo de cosas. Porque como te dije al principio, la gente tiende a pensar que todo siempre fue igual y no fue igual. Entonces me gustó contar esos cambios través de la lectura.
-Además tu historia pone en foco la materialidad de las palabras, que recalca su poder para construir mundos.
-Exacto. Es todo un trabajo con la imaginación. La Luna, por ejemplo, en la novela es casi un personaje más del que la nena se apropia. También la terapeuta, Paula, le construye un mundo y lo construye también para sí misma, para compensar la ausencia de su marido. Ahí está implícito uno de mis pensamientos sobre la escritura y la lectura, que es el lector quien finalmente termina de producir la escritura. La imaginación tiene el poder de hacer real lo que no lo es y este libro es todo un trabajo sobre la imaginación y la verdad.
-¿Por qué la “la nena” es la única que no tiene nombre y se la identifica por una letra, L? ¿Es una forma de darle universalidad?
-No, como la nena apareció en la vida de Paula, la terapeuta, como un caso y todo lo que se habla es en el marco de una consulta, entonces no se hace público. Dado que se trata del manuscrito de la terapeuta, entonces se la identifica con la primera letra de su nombre, la L, y eso no cambia, porque no deja de ser un caso. Aunque podría haber luego aparecido otro nombre, me pareció que eso conservaba la historia dentro de lo ficticio. Esa esa es la única razón por la que nena aparece identificada solo con una L.
–La nena que leía sentada en el piso identifica lectura y soledad, pero la verdad, si sos lector y te gusta leer, en realidad nunca estás solo, sino que tenés el acceso a otro universo.
-Exacto, sí. Pero también para leer, que es el gran problema de hoy, se necesita tiempo, se necesita un lugar, se necesita soledad, para poder concentrarse en lo que uno está leyendo. Supongo que esas soledades, tanto la de la terapeuta como de la nena, cuentan algo de la lectura. Y nos cuentan también muchas cosas que de otro modo no sabríamos y ese es un hecho que se produce en soledad. Hace poco estuve en Santa Fe, en una escuela pública en Santo Tomé, y las maestras estaban con el tema de que los chicos no leen. Entonces, se está volviendo a algo que yo ya sabía por mis abuelos que vivían en el campo. Y, allí, después de cenar, generalmente la madre, el padre o el abuelo de la familia solía leer para el resto a la luz de una vela. Era algo bastante común en el campo. Ahora se está volviendo un poco a eso porque los chicos son tan reacios a leer, en muchos casos, que prefieren los celulares, los juegos y todas esa cosas a las lecturas que propone este grupo de docente. Pero lo cierto es que hoy se está leyendo en clase en Santa Fe, y los chicos se están entusiasmando con los libros a partir de lo que escuchan. Es como una vuelta a cierto pasado de la lectura, no sabemos cómo va a seguir el tema en el futuro.

-¿Y vos qué vislumbrás?
-A mí me parece que se juega bastante de la democracia en el tema de la lectura y que todo dependerá de cómo salgamos de acá, de cómo armemos el futuro que viene. Es cierto que también hay muchas campañas a favor de la lectura.
-Creo que muchas de ellas no tienen un concepto claro de cómo se forma un lector. Porque un lector no se forma leyendo una cantidad determinada de horas diarias, sino que es un mecanismo mucho más complejo que tiene que ver más con el placer que con la obligación. Por eso, si se recomienda la lectura casi como un acto higiénico o un remedio, no creo que haya muchas posibilidades de éxito. Daniel Pennac dice que hay por lo menos dos verbos que no admiten el modo imperativo: amar y leer.
-Sí, en realidad también en la currícula escolar durante mucho tiempo se olvidaron del placer de leer. Es como que se lee por obligación libros que, lo digo entre muchas comillas, «hay que leer», cuando se podrían dar otros libros que harían que los chicos descubrieran ese placer que hay dentro de un libro, dentro de esa cosa rectangular y rara. Pero para que sucediera habría que cambiar otro montón de cosas. Por ejemplo, los docentes de esa escuela de Santo Tomé no mandan a los chicos a leer una novela a su casa: la leen en clase. Esa solución me gustó. Yo fui a visitar a los chicos porque durante un par de meses estuvieron leyendo una novela mía, Más liviano que el aire. Vos vieras los chicos, qué bien que entendieron el libro, todo lo que trabajaron en él, las preguntas lindas que me hicieron. Estaban encantados y chicos que no leen, de repente empezaron a disfrutar de un libro. Estaban todos felices, trabajaron el libro, hicieron actividades, preguntaron y fue algo realmente hermoso. Sin embargo, seguimos con el tema de que hay que leer, porque corresponde a las buenas costumbres y porque es bueno, como si fuera un remedio y entonces no hay que dejarlo. Nada peor que insistir en este tema. Debemos volver al placer de la lectura.
-Me da la sensación de que vos también escribiste este libro con mucho placer.
-Sí, pero a mí normalmente todo lo que escribo me hace pasarla muy bien mientras lo hago. En esta historia que vos relacionás con el placer, pasaron dos cosas que tienen que ver con mis dos últimos libros. Me interesaron mucho los temas de la ternura y del amor, porque me parece que esto le estaría faltando al mundo, que el mundo necesita un poco más de ternura y amor. Y me pareció que esta historia me permitió trabajar la ternura de una manera en que nunca lo había hecho antes. Eso me dio una gran alegría. Otra alegría fue regresar a la escuela de Santo Tomé. La tercera fue recibir un mail de una lectora que me decía que, luego de haber leído mi libro, iba a «tener que volver a leer el Quijote”.
Un militante del Quijote
-Sé que sos especialista en el Quijote, pero de todos modos, me sorprendió el juego que hacés con el personaje.
-Yo no soy especialista en el Quijote, soy más que nada un militante de la lectura de Quijote, un libro que lo tiene todo. Así que eso también me gustó. Trabajarlo como ficción, como contando pequeños momentos del Quijote que eran útiles para la novela que yo estaba contando. Me pareció que estaba bueno traer un libro que ya casi nadie lee e incorporarlo como parte de una ficción. Es como hacer ficción de ficción que es también lo que en el fondo es el Quijote.
-¿Cómo fue tu relación con el Quijote?
-Lo leí recién en la facultad, a los 22 años, pero lo intenté muchas veces antes, pero sin resultados. Es un libro para leer de grande, no de chico. Para poder entenderlo, para poder disfrutarlo, para poder reírte o llorar o sentir todo lo que produce. No es un libro para leer ni en la primaria ni en la secundaria. Además el Quijote no es solo el Quijote, sino todo lo que ha generado.
– Como tu novela, por ejemplo, o Vencidos, ese poema de León Felipe al que le puso música Serrat.
-Es un libro inspirador de otros textos. Para mí es el texto. Pero bueno, es una cuestión personal. Es como mi Biblia literaria.
Cultura – Tiempo Argentino



