
Joaquín Sabina: “Me arrepiento de haber perdido tanto tiempo haciendo el idiota por los bares en lugar de escribir”
Tras retirarse de los escenarios
A los 77 años, el cantautor español mira por primera vez de frente una vida atravesada por la música, la noche, los excesos y la fama. “No soy nostálgico, no tengo nostalgia de nada, pero sí tengo memoria”, dice.
Joaquín Sabina acaba de entrar en un territorio que durante décadas pareció imposible: el de una vida sin escenarios. Después de más de medio siglo de canciones, giras, hoteles, bares, estadios y noches interminables, el cantautor español se despidió definitivamente del público el 30 de noviembre de 2025, en el Movistar Arena de Madrid. Ese último concierto se convirtió en un disco doble, Hola y adiós, que funciona a la vez como documento y despedida.
Pero Sabina, a sus 77 años, no parece dispuesto a mirar hacia atrás desde la nostalgia. Al menos no desde esa nostalgia que suele acompañar a los artistas cuando abandonan los escenarios. “No soy nostálgico, no tengo nostalgia de nada, pero sí tengo memoria”, aseguró en una entrevista con medios españoles. Y esa memoria, reconoce, puede llevarlo hacia “cosas hermosísimas”, hacia esos instantes de felicidad fugaz que, aunque hayan durado apenas un minuto, permanecen para siempre.

Quizás por eso, al repasar su biografía, el músico de Úbeda no elige las palabras habituales para hablar de una carrera de semejante dimensión. No reivindica cada exceso ni convierte sus noches de bares en una postal romántica. Por el contrario, admite incluso cierto arrepentimiento. “Me arrepiento de haber perdido tantas noches y tanto tiempo haciendo el idiota por los bares en lugar de escribir”, confiesa.
La frase tiene algo de paradoja. Los bares, las madrugadas, los amores imposibles, las resacas y los personajes derrotados fueron durante décadas parte esencial del universo Sabina. Allí encontró buena parte de los materiales con los que construyó sus canciones. El hombre que ahora lamenta algunas de aquellas noches fue también quien convirtió la noche en una geografía literaria: un lugar poblado por perdedores entrañables, amantes despechados, mujeres que se marchan, amigos, borrachos, fugitivos y personajes que parecían estar siempre a punto de perderlo todo.
La propia vida de Sabina alimentó esa mitología
Sabina comenzó su carrera en una España todavía atravesada por el franquismo y terminó convertido en uno de los cantautores más populares de la música en español. Entre un extremo y otro hubo un exilio en Londres, actuaciones en restaurantes y bares, discos, colaboraciones, estadios repletos y una colección de canciones que terminaron trascendiendo a su propio autor.
El camino estuvo acompañado también por excesos. Sabina reconoce que pertenece a una generación marcada por las drogas y recuerda especialmente el impacto de la heroína, aunque aclara que nunca la consumió. “Es una generación muy loca y mucha gente, a veces la mejor, se quedó por el camino”, señala.
La frase no suena a reivindicación de aquella época, sino a balance. Hay algo de ajuste de cuentas con el personaje que durante tantos años lo acompañó. El Sabina de las noches interminables y los bares aparece ahora contemplado desde una distancia que solo puede ofrecer el paso del tiempo. Y en esa nueva etapa hay algo que, según cuenta, le resulta especialmente extraño: la libertad.

Después del último concierto comenzó para él una vida desconocida, sin compromisos profesionales ni las exigencias de una agenda que durante décadas estuvo marcada por los viajes y las presentaciones. Por primera vez puede disponer del tiempo de otra manera. Puede reencontrarse con personas y hábitos que habían quedado relegados por la maquinaria de las giras.
Pero la fama, incluso cuando parece ser el sueño cumplido de cualquier artista, también tiene un precio. Sabina lo sabe bien. “Eso que se llama fama tiene muchos inconvenientes”, explica. Durante años encontró en los bares el lugar perfecto para escribir. “El sitio perfecto para escribir era en un bar a las 3 de la mañana”, recuerda. Pero hace mucho tiempo que, según sus propias palabras, lo echaron de esos lugares.
La paradoja es evidente: el hombre que soñaba con desaparecer terminó convertido en una de las figuras más reconocibles de la canción en español. “Siempre soñé más con ser el hombre invisible que un cantante de éxito”, admite. Incluso después de su último concierto, la fama continúa persiguiéndolo. Cuenta que, tras regresar a su casa después de aquella despedida, encontró a unas 30 personas esperándolo en la puerta. Para alguien que durante décadas convirtió la exposición pública en parte inevitable de su oficio, el episodio tiene algo de incómodo. El escenario terminó, pero la condición de personaje público no desapareció con él.
Un último vals
Hola y adiós captura precisamente el momento en que esa vida de escenarios llegó a su final. El álbum doble, disponible en formatos digitales, CD y vinilo, reúne 20 canciones y casi dos horas de música grabadas durante el concierto del 30 de noviembre en el Movistar Arena de Madrid, ante unas 12.000 personas.
Aquella noche Sabina había decidido que no quería simplemente ofrecer otro recital. Era el cierre de una etapa. La última estación de una gira que había comenzado en febrero de 2025 en Latinoamérica y que después recorrió España y distintos puntos de Europa. “Este concierto en Madrid es el último de mi vida y, por tanto, el más importante. El que en unos años recordaré con más emoción”, dijo desde el escenario.
El repertorio reunió algunas de las canciones que ayudaron a construir su leyenda: “Calle Melancolía”, “Y nos dieron las 10”, “Contigo”, “Princesa”, “Quién me ha robado el mes de abril”, “Por el bulevar de los sueños rotos”, “Peces de ciudad” y “Lo niego todo”, entre otras. Más que una recopilación de éxitos, el álbum funciona como la fotografía sonora de una despedida. Esas canciones que durante años fueron parte de su presente ahora empiezan a pertenecer definitivamente a su pasado. El último concierto llegó después de una gira particularmente extensa y exigente. Y tuvo una escala especialmente significativa en Argentina.
Diez veces en Buenos Aires
Entre el 24 de marzo y el 18 de abril de 2025, Sabina ofreció diez conciertos agotados en el Movistar Arena de Buenos Aires. Fueron sus últimas presentaciones en el país y uno de los capítulos más emotivos de la gira.
La relación entre Sabina y la Argentina había comenzado mucho antes. Sus canciones encontraron aquí un público particularmente receptivo y el propio cantautor llegó a definir al país como una segunda casa. Su vínculo con Buenos Aires se construyó durante décadas alrededor de sus canciones, pero también de una sensibilidad compartida: el gusto por la literatura, la conversación, los bares, la madrugada y esa forma de convertir las derrotas sentimentales en material artístico.
Por eso su despedida argentina tuvo una dimensión especial. No se trataba simplemente de una parada más de una gira internacional, sino del adiós a un público que había acompañado buena parte de su historia. La gira, en ese sentido, fue una despedida colectiva. Cada concierto tenía algo de último encuentro. Cada canción conocida de memoria adquiría un peso diferente porque el público sabía que probablemente no volvería a escucharla en vivo interpretada por su autor.
Ahora no quiere recuperar una juventud perdida ni convertir sus excesos en una época dorada. Prefiere recordar. Y recordar, para Sabina, no significa necesariamente extrañar. “Hay un minuto que te pasó una vez y esa felicidad dura tan poco pero es inolvidable”, dice. Quizás esa sea la mejor definición de lo que representa Hola y adiós: un minuto que vuelve a durar casi dos horas. Una última noche que, gracias a las canciones, deja de ser solamente una noche.
Espectáculos – Tiempo Argentino



