
«Las traiciones»: cuando la mitología homérica irrumpe en los parajes rurales de la Argentina
El director Juan Andrés Romanazzi explica cómo su montaje prescinde de la escenografía recargada para confiarle la potencia poética al trabajo actoral. La trama explora qué ocurre si el amor y las urgencias económicas se estrellan contra la promesa de un futuro mejor.
Por Nicolás Peralta
Mientras los relatos clásicos vuelven a ocupar el centro de la escena cultural, Juan Andrés Romanazzi eligió correrse de cualquier mirada arqueológica sobre la mitología. El dramaturgo y director estrena el 25 de agosto Las traiciones en El Portón de Sánchez, una obra protagonizada por Paula Mbarak, Iván Moschner y Laura Silva que toma a Helena, Penélope y Ulises como punto de partida para hablar de un presente atravesado por la precariedad, el trabajo como condena y la fragilidad de los vínculos.
Lejos de la épica de los héroes griegos, Romanazzi traslada a estos personajes a un paisaje argentino de terminales de ómnibus, rutas y parajes rurales. Allí, entre una cuidadora de baños, un chofer de micros y una azafata, emerge una historia donde el mito sobrevive bajo nuevas formas. En diálogo con este medio, el director explica cómo nació la obra, por qué decidió volver sobre esos nombres universales y qué busca provocar en el espectador.
—¿Cómo surgió la idea de Las traiciones?
—Con Paula e Iván venimos trabajando hace seis años en Los secretos. Somos un equipo que encontró una manera muy particular de estar juntos. Siempre estoy pensando en ellos cuando escribo, porque conozco sus voces y funcionan como catalizadores de los personajes. Teníamos ganas de probar un material completamente distinto a Los secretos, que por suerte sigue funcionando muy bien, y al mismo tiempo iniciar otra trilogía. Entonces apareció primero la pregunta sobre con quiénes trabajar y después las imágenes que tenía dando vueltas en la cabeza.

—¿Y cuándo aparecieron Helena, Penélope y Ulises?
—Lo que surgió fue una especie de impostura de Troya. No es una reescritura ni una relectura. Es más bien un corrimiento humorístico, incluso algo patético, aunque esa palabra a veces genera rechazo. Me interesaba tomar personajes heroicos de la mitología e insertarlos en un paraje rural argentino. No desde el costumbrismo, sino desde un paisaje que conocemos. Ahí aparece el encuentro entre Penélope y Ulises y la irrupción de Helena, que es el personaje que interpreta Laura Silva.
—La obra parece dialogar con los clásicos, pero desde un lugar muy contemporáneo. —Totalmente. Hay una autora que admiro mucho, Suely Rolnik, que tiene un texto hermoso llamado Por una nueva suavidad. Ella plantea que seguimos tipificados por figuras como Penélope y Ulises. Siempre hay alguien que espera y alguien que se va. Y quien espera existe por esa espera, mientras que quien se va también se define por ella. Me interesaba jugar con esos mecanismos ocultos que vienen desde lo mítico y trasladarlos a situaciones actuales.
—¿Qué aspectos de esos personajes te interesaba explorar?
—La inversión de roles. Quería trabajar sobre quién decide quedarse en un lugar y quién vive en movimiento, viajando. Y cómo esas posiciones se alteran. Siempre hay algo relacionado con el amor que termina desordenándolo todo. Por eso digo que la obra tiene el perfume de esos personajes clásicos, pero puestos en nuestras terminales, en nuestras ciudades de paso.

—También hay una fuerte presencia del paisaje de ruta.
—Sí, porque soy riojano y durante muchos años hice el trayecto entre Buenos Aires y La Rioja. Pasé muchísimo tiempo en terminales y en viajes largos. Evidentemente algo de ese paisaje quedó trabajando en mí de manera inconsciente. Las rutas, las estaciones, esos lugares de tránsito permanente aparecen muy fuerte en la obra.
—Justamente el estreno coincide con un momento en el que La odisea vuelve a estar en conversación por su llegada al cine.
—La película me encantó. Me parece maravilloso que el cine se ocupe de algo que, en términos comerciales, no tendría por qué ocupar. Rescatar desde las ruinas un relato que sigue trabajando dentro de nosotros es algo valioso. Pero nuestra obra va por otro lado. De hecho, después de verla confirmé todavía más la singularidad de lo que hacemos. Nosotros usamos los nombres y ciertas relaciones entre esos personajes, pero la obra es absolutamente contemporánea. No tiene nada de arqueológica.
—¿Qué temas aparecen detrás de esa contemporaneidad?
—La obra juega con la mitología para hablar de nuestras condenas actuales. Los dioses y los castigos épicos se transforman en algo completamente visible hoy: la precariedad, el trabajo explotado, la necesidad permanente de sobrevivir. Me interesa pensar el trabajo como una condena de la que no podemos escapar. Todos necesitamos trabajar para existir, pero también hay algo muy hostil en vivir únicamente para trabajar.

—¿Esa es la gran tragedia contemporánea que propone la obra?
—Sí. La pérdida del deseo atravesada por ocupaciones que nos consumen. Uno pone todo el cuerpo y toda la vida en sostener algo y eso termina ocultando todo lo demás: los vínculos, la humanidad, la posibilidad de encontrarse con otros. También aparece la idea de progreso como una promesa que muchas veces arrasa con lo que construimos. Nos aferramos a ciertas creencias o proyectos y de pronto llega algo que promete un futuro mejor y se lleva todo puesto.
—¿Cómo trabajaste eso desde la puesta en escena?
—Tomamos muchas decisiones para alejarnos completamente del realismo. Hay un uso muy particular del espacio, de la palabra y de los cuerpos. Los actores están muy transformados. La obra sucede en un paraje rural y los tres personajes responden a ciertos arquetipos: un conductor de micros, una mujer que cuida los baños de una terminal y una azafata. Pero con muy pocos elementos construimos todos los paisajes. La ruta, la terminal, el campo. Todo sucede principalmente a través de la actuación.
—¿Qué lugar ocupan Paula Mbarak, Iván Moschner y Laura Silva dentro de esa construcción? —Son fundamentales. Son tres intérpretes extraordinarios. Gran parte de la magia de la obra aparece por el ensamble que logran ellos. Con muy pocos recursos generan un universo enorme.
—¿Cómo imaginás el futuro de Las traiciones y del grupo que integrás?
—Somos un equipo que trabaja junto desde 2010. Seguimos teniendo muchos proyectos. Este año también estarán circulando Los secretos y Las promesas, que forman parte de otra trilogía, y próximamente estrenaremos Las despedidas. Lo más importante es sostener el deseo de seguir creando juntos.
—¿Y cómo ves el presente del teatro? —Es un tiempo muy hostil, especialmente para el arte. Pero justamente por eso hay que hacer más teatro. Hay que encontrarse más. Hay que defender esos espacios. Vivimos rodeados de discursos de violencia y el teatro permite habitar esos temas desde un lugar de cuidado. En todas nuestras obras aparecen la ternura, los vínculos y la posibilidad de pensar otras formas de estar con los demás. Volver al teatro también es volver al cuerpo. Y esa sigue siendo nuestra búsqueda.
Las traiciones
Con dramaturgia y dirección de Juan Andrés Romanazzi. Elenco: Paula Mbarak, Iván Moschner y Laura Silva. Estreno: 25 de agosto. Funciones los martes a las 20:30 en El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034, (CABA).
Espectáculos – Tiempo Argentino



