
Paul McCartney: eterno resplandor de un genio sin fecha de vencimiento
En su quinta llegada al país, uno de los genios musicales del siglo XX espera a su público de siempre y también a las nuevas generaciones con un show donde saca a relucir todo el arsenal beatle, lo mejor de la etapa con Wings y perlas de su extensa carrera en solitario. A los 82 años, con casi siete décadas en los escenarios, la leyenda continúa y, fiel a su estilo, sigue escribiendo la historia.
Hace apenas diez días, Paul McCartney retomó en Los Ángeles los ensayos de cara a los shows del tramo latinoamericano de su Got Back Tour, que arrancó el pasado martes en Montevideo y continúa este sábado 5 de octubre con el primero de los dos conciertos que dará en el Estadio Monumental. Secundado por la banda que lo acompaña desde hace más de 20 años, al ex beatle se lo vio como siempre: un hombre que vive desmintiendo su edad (82, cumplidos el pasado 18 de junio), delgado y ágil, empuñando el entrañable bajo Höfner 500/1, listo para la veintena de shows que cerrarán una gira cuyo acto final será el 19 de diciembre en el O2 de Londres.Las imágenes –nada del otro mundo, y aún así gozosas: McCartney en distintas situaciones rodeado de los estupendos Brian Ray, Rusty Anderson, Abe Laboriel Jr. y Wix Wickens– dispararon en los argentinos una memoria emotiva que está segmentada en cinco generaciones, cada una de ellas en caída libre hacia el “efecto Paul”, lo que varios meses antes provocó (mucho más que el “querer estar” o la hoy desmesurada expectativa por casi cualquier cosa) que los shows programados en River para el 5 y 6 de octubre se agotaran en un par de horas.Será la quinta vez del músico en la Argentina, con cada visita desatando sensaciones poderosas y distintas. En la inicial de 1993, la confirmación de que el autor de la banda sonora de la vida de muchos de los que llenaron el Monumental (en gran número, oyentes de los Beatles en su tiempo) era real y tendía una mano visible y palpable; en 2010, de nuevo en River y otra certeza: el artista no solo regresaba, sino que lo hacía en plena forma. Para los shows de 2016 (Estadio Único de La Plata) y 2019, convocaba como siempre el músico genial, pero también la leyenda.
Ahora, un lustro después, la misma vibra de aquel último show en el Campo Argentino de Polo vuelve a sacudirse en el aire, mientras el maestro de ceremonias promete repetir sus viejos pases de magia: más de una veintena de canciones de los Fab Four, los retazos más lucidos (y lúcidos) de su etapa con Wings, un salpicado de perlas de su larga trayectoria solista, y momentos de evocación para John Lennon y George Harrison, los Beatles ausentes, estratégicamente ubicados pero con la capacidad de conmover genuinamente. De todo y para todos.
Profeta en este mundo
“Quiero ir a escuchar ese bajo”, dicen que dijo Charly García cuando se anunció la primera llegada de McCartney al país. Eran mediados de 1993 (los shows en River fueron los días 9 y 10 de diciembre) y en la Rock and Pop sonaba un spot un poco pasado de épica pero efectivo: “Llega el compositor más importante de la historia”, decía, grandilocuente, el locutor. La radio de Daniel Grinbank, el empresario que produjo los conciertos más trascendentes de la década en la Argentina (Stones, Madonna, Jackson, Prince) y ahora metía uno de sus plenos con Paul, empezaba así a calentar el ambiente, con un anuncio que usaba inteligentemente los vientos que prolongan la segunda sección de “Band on the Run”.
Habían pasado tres décadas de la explosión de los Beatles en Inglaterra, y casi 33 desde que, tras su vuelta a Liverpool después de la última excursión en Hamburgo –esa ciudad del pecado donde crecieron como banda y como hombres– John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Stuart Sutcliffe y Pete Best (faltaban dos años para que estos dos últimos salieran de escena, Paul tomara el bajo y Ringo Starr se hiciera cargo de la batería) se probaban las ropas de grupo consolidado con su actuación del 27 de diciembre de 1960 en el Litherland Town Hall, de su ciudad natal.
“Muchos consideran que este concierto fue un hito crucial en la carrera de los Beatles. Hasta ese momento, no habían tocado mucho en esa parte de la ciudad (…) Desde el instante en que Paul comenzó a cantar ‘Long Tall Sally’ a todo pulmón, el público quedó impactado, después extático”, narra Barry Miles en el imprescindible Paul McCartney. Hace muchos años (Emecé, 1997). Hoy, la esencia de aquel adolescente impetuoso sobrevive en este hombre que se carga al hombro tres horas de show, en un concierto cuyo fragor, sin embargo, no le hace un pliegue de más a su infaltable camisa blanca.
Ese hilo que une al McCartney que conoce a John Lennon en la iglesia de Woolton el 6 de julio de 1958 –mostrándole que sabía no solo tocar “Twenty Flight Rock” de Eddie Cochran o “Be-Bop-A-Lula” de Gene Vincent con los mismos yeites de guitarra (¡y siendo zurdo!) sino también cantarlas con suficiencia, en lo que fue el insospechado examen de ingreso a The Quarrymen, la banda de skiffle del peliagudo teddy boy– con el que hoy y mañana volverá a encantar al público porteño, se tensa constantemente.
Una inquietud artística imperecedera que, por supuesto, tiene en la música su punto más alto, pero que jamás ha renunciado a prodigarse en otras expresiones. En 2020, por caso, con la fotografía, cuando publicó el libro Paul McCartney Photographs 1963-64: Eyes of the Storm, una colección de fotos inéditas tomadas por él mismo durante la era de la beatlemanía; o (otra vez su estatura de artista completo invitando a romper el espacio-tiempo y viajar entre décadas) en la época en la que en Inglaterra nadie hablaba de otra cosa que de los Beatles y el Swinging London le abría los brazos para sus aventuras como admirador y coleccionista de arte en la galería Indica, fundada en 1965 por John Dunbar, Peter Asher (hermano de su novia de entonces, la modelo y actriz Jane Asher) y Barry Miles. También ha mostrado dotes como artista plástico, autor de libros de poesía y de volúmenes infantiles.
Días de otros días
Hijo de un obrero y músico aficionado y de una abnegada enfermera, mayor de dos hermanos y estudiante aplicado, James Paul McCartney creció entre mudanzas (Mary, su madre, siempre iba tras la pista de una casa más cómoda para la familia) en la Liverpool de posguerra, una ciudad todavía cariada por los más de 70 bombardeos que la Luftwaffe de Hitler había asestado a su corazón portuario durante la contienda finalizada en 1945.
A los 14 años, ya paraba la oreja ante cada éxito de la música estadounidense que cruzara el océano para sonar en la radio y animar a una ciudad en reconstrucción edilicia y social. Pervivían penurias y un eco de sirenas, simulacros y miseria, pero Liverpool era el lugar indicado para ser joven: el movimiento Mersey Beat asomaba la cabeza, mirándose en el espejo de Buddy Holly, Chuck Berry, Elvis Presley y tantos otros. Paul sería parte, con su talento para combinar palabras, la rapidez de sus manos para los cambios de acordes y un oído finísimo para codificar –no lo sabía entonces, pero lo descubriría pronto– todo lo que entraba en su sistema nervioso musical.
Después, el cuento más contado de la historia del pop: su sociedad con Lennon, atada por el lazo de la música, que trascendería la química en el escenario (mucho del frenesí de sus actuaciones en vivo era impulsado por la energía con que cada uno potenciaba al otro) para consolidarse en una dupla compositiva que primero diferenciaría a los Beatles del resto de los grupos del Mersey (la gran mayoría hacía covers de los héroes del momento) y luego “acabaría por recopilar una obra equivalente a cualquier música popular del siglo XX”, como asegura Mark Hertsgaard en The Beatles. Un día en la vida (Grijalbo, 1995).
En igual sentido, hay una frase de Ringo que da cuenta del fenómeno en que se convirtió la dupla en poco tiempo: “Lo que queda es la canción (…) No se trata de cómo lo hiciste. Sinceramente creo más en la canción que en la música. Y John y Paul compusieron algunas canciones asombrosas”. Internarse en su modus operandi resuelve algunos enigmas: las ideas eran individuales; las soluciones, conjuntas.
Pero en el balance final, ese que pone a los Beatles en el Olimpo que jamás abandonarán, no importa qué porcentaje de la canción corresponde a cada uno (se sabe que “Yesterday“, “Let it Be” o “The Long and Winding Road” le pertenecen en un 95 por ciento a McCartney, así como “In My Life”, “Help” o “Lucy in the Sky With Diamonds” son de Lennon) sino que existió una competencia –de esto hablaba siempre George Martin, el legendario productor del grupo– surgida del saber que había algo especial en el otro. Unir esas brillanteces, y no separarlas, fue una decisión sabia. El resto es leyenda.
Esos diez años con los Fab Four, cincuenta y cuatro haciendo discos en solitario, la colaboración musical como sana costumbre (con Elvis Costello; con Youth en el proyecto de música electrónica The Fireman; con Rihanna y Kanye West para “FourFiveSeconds”), el logro de internarse en la música académica y salir bien parado, y una capacidad asombrosa para adaptarse a los tiempos que le tocan, son la miga de este Paul McCartney que vuelve a estar entre nosotros. Genio musical del siglo XX y de lo que va de este, con sus perfectos artefactos pop de la era beatle, los himnos que supo componer en esa y todas las épocas, y su solidez en escena. Eterno y actual.
Fuente: Planeta Urbano



