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​Simón Radowitzky y el Petiso Orejudo, historias que definen a la Argentina del Centenario 

Libros ilustrados

Las novelas gráficas “Matar al comisario” y “El Petiso Orejudo” vuelven a abordar las historias de dos personajes que la cultura popular convirtió en mitos, exponiendo las desigualdades de aquel país idealizado.

Por Juan Pablo Cinelli

En los últimos años resurgió el mito de la Argentina del Centenario, la Argentina agroexportadora, potencia económica mundial, que a comienzos del siglo XX era uno de los países más ricos del mundo. Una copla que suelen repetir los mismos que definen a la justicia social como una estafa y para quienes la libertad es un bien que solo disfrutan aquellos con el poder necesario para imponer sus deseos individuales por encima de los otros.

Para ellos, aquel país utópico es una suerte de paraíso perdido, donde había lugar, trabajo y comida “para todos los hombres de buena voluntad que quisieran habitar el suelo argentino”. Sin embargo, quizás no existió una Argentina más desigual que aquella. Para confirmarlo, dos novelas gráficas recientemente publicadas abordan las historias de dos personajes que marcaron aquella época, dando cuenta de las abismales disparidades que definían a aquel modelo.

Simón Radowitzky y el Petiso Orejudo, historias que definen a la Argentina del Centenario

Se trata de Simón Radowitzky, el obrero anarquista responsable del atentado en el que murió el comisario Ramón Falcón en 1909, y de Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo, el niño que entre 1904 y 1912 atacó, golpeó, quemó y estranguló a por lo menos once chicos, casi todos menores de cinco años, asesinando a cuatro de ellos. Por distintas razones, las historias de Radowitzky y de Godino, se convirtieron en auténticos mitos de la cultura popular y un siglo despúes son retomadas una vez más desde la historieta.

Se trata, por un lado, de Matar al comisario. Un documental anarquista (Fondo de Cultura Económica), donde Jorge Consiglio, Paula Brecciaroli e Iñaki Echeverría aprovechan las figuras contrapuestas de Radowitzky y Falcón para desarrollar una posible historia del movimiento anarquista en Argentina. La otra novela evita cualquier rodeo y deja todo claro desde el título: El Petiso Orejudo (Ediciones Futuröck), en la que Israel Adrián Caetano y el artista plástico Juan Giribaldi vuelven a desandar esa galería del horror que fue la vida de Godino.

Simón Radowitzky y el Petiso Orejudo, historias que definen a la Argentina del Centenario

Ambos libros exponen el vínculo estrecho que existe entre la historieta y el cine. En el caso de Matar al comisario, desde el subtítulo, asumiendo una identidad documental, haciendo que los testimonios de distintos especialistas en las corrientes del anarquismo local maticen el montaje paralelo que los autores realizan entre las historias del obrero y el comisario. Por el lado de El petiso orejudo, alcanza con citar la destacada obra previa de Caetano como cineasta, codirector de Pizza, Birra, Faso (1998) o ya en solitario de Un oso rojo (2002), entre otras películas notorias.

Godino y Radowitzky, vidas paralelas

Auténticas vidas paralelas en cuyas diferencias emerge el lado monstruoso de aquella Argentina de bronce, tanto la de Radowitzky como la de Godino son elocuentes respecto del estado del país en el que se desarrollaron. Inmigrante el primero, hijo de inmigrantes el segundo, ambos fueron parte de los estratos más bajos de una sociedad donde la riqueza se repartía entre muy pocos.

Uno representó a la clase obrera ilustrada que luchaba por sus derechos, en un contexto en el que todo reclamo era silenciado con represión y muertos en las calles. El otro fue parte del lumpen, uno de los tantos condenados a una existencia miserable, sin ninguna oportunidad para remediarla. Cualquier parecido con la actualidad, donde una minoría poderosa añora aquel pasado como si fuera glorioso, no es mera coincidencia.

Simón Radowitzky y el Petiso Orejudo, historias que definen a la Argentina del Centenario

Resulta inquietante que mientras Radowitzky participaba de los mitines anarquistas en busca de mejorar las condiciones de explotación a las que eran sometidos los trabajadores, quizás a pocas cuadras de distancia Godino desadaba solo las calles más mugrientas de la ciudad, siendo objeto de distintos abusos o haciendo lo propio con alguna de sus víctimas. Y hasta es posible que alguna vez se hayan cruzado en una esquina porteña, en San Telmo o Balvanera, pero nadie puede saberlo. Lo que sí se sabe es que el destino los reunió en la Cárcel del Fin del Mundo, el famoso penal de Ushuaia, donde ambos cumplieron el grueso de sus condenas.

Radowitzky estuvo preso ahí desde 1909 a 1930, cuando fue indultado por Hipólito Yrigoyen. Godino fue enviado en 1923 y permaneció encerrado hasta su muerte, en 1944. La escritora Patricia Ratto imagina desde el punto de vista de Godino como habrá sido aquella reclusión en el cuento “Fuegos”, incluido en su último libro Cuidado al entrar (Adriana Hidalgo Ediciones). En todo caso, nunca más cierto aquello de que a estos dos hombres no los unió el amor, sino el espanto. Y, al menos durante siete años, ese destino cruel del cautiverio compartido en los confines de aquella Argentina tan joven y rica, tan cruel y desigual.

​Cultura – Tiempo Argentino

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