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​Uno, diez, cien, mil veces Carlos Rottemberg, el hombre que nunca baja el telón 

Teatro en primera persona

El productor más emblemático y extravagante presentó Pasen y lean, su tercer libro autobiográfico, el más completo y el que lo expone muy al pan, pan, y al vino, vino, como verdaderamente es él.

Por Carlos Ulanovsky

Hace unos días Carlos Rottemberg presentó su libro Pasen y lean (50 años de teatrista y algo más), el tercero de carácter biográfico y personal en los últimos años. Probablemente este sea el mejor, o el más completo, o el que donde palabra y pensamiento se alinearon más armónicamente. Rottemberg es siempre él, y así se expone en el libro:  muy al pan, pan ,y al vino, vino. Reivindicándose como el Carlitos de siempre, con enorme parecido entre el ser y el parecer (cosa difícil en este ambiente de imposturas), capaz de hacer pública una costumbre que tiene algo actoral: el gusto que le da recibir gente en su casa, en pijama.

El suyo es un caso de vocación demasiado temprana e inequívoca. A los ocho años, vio, junto a su mamá y a una hermana, en un cine de la calle Lavalle al 700 la película La novicia rebelde (1965, dirigida por Robert Wise) y mirando a todos lados, menos a la pantalla lo atrapó una epifanía inquietante. “Quiero ser eso”, se le escuchó decir, mientras moqueaba sin pausa. Cuando su mamá se lo contó a su papá, el preocupado pater familiae preguntó: “¿Qué quiere? ¿Ser director, ser cantante o ser novicia?”. En el siguiente mes vio otras 14 veces la clásica historia de la familia Von Trapp y de María, la valerosa institutriz protagonizada por Julie Andrews. Cuando tenía 33 años tuvo otra providencial revelación. Revivió en Totó, personaje de la película Cinema Paradiso, el chico que él mismo había sido, aprendiendo el detrás de pantallas en el cine Majestic, del barrio de Once…

Uno, diez, cien, mil veces Carlos Rottemberg, el hombre que nunca baja el telón

A los once años, cada jueves, día de cambio de cartelera, recorría los 42 cines que en ese entonces poblaban el centro porteño para manguear programas de mano, que en aquel tiempo eran fuentes de información importante. Con ese material armaba sus propios pronósticos, y aventuraba, con llamativa exactitud, las películas que pasarían a la siguiente semana y las que, enlatadas, marcharían al depósito.

Poco después, todavía en el secundario, con un proyector de 16 mm, regalo de sus padres en un cumpleaños, se convirtió en precoz exhibidor de películas, primero infantiles en cumpleaños y en bar/bat mitzvá y luego para adultos que programaba en instituciones del judaísmo progresista, frecuentadas por sus padres. Pero el teatro pudo más.

Fue, ni siquiera él lo pone en duda, un pibe raro, al punto que sus padres lo llevaron a una consulta psiquiátrica. Iban al cine y la madre le tenía que decir: “Carlitos, la pantalla está allá”. Su cabeza volaba tratando de saber cuantas filas estaban ocupadas o cuántas faltaban cubrir.  “El doctor Kusnir me salvó. Les explicó a mis padres cuál era la diferencia entre vocación y locura”, recuerda, agradecido.

A los 17, como menor emancipado, alquiló el teatro Ateneo para exhibir cine, a la tarde para niños y a la noche para todo público. En 1975, en los tiempos inestables de Isabel Martínez en el poder y en los inicios de la dictadura, con la audacia propia del embale juvenil produjo sus dos primeras obras: Parra, sobre ese personaje singular que fue Florencio Parravicini, con Pepe Soriano al frente del elenco y enseguida Equus, una pieza inglesa que fue suceso en casi todo el mundo.

De ahí no paró más.

Uno, diez, cien, mil veces Carlos Rottemberg, el hombre que nunca baja el telón
Foto: Diego Martínez

En poco de más de medio siglo de actividad sus números de producción lo dicen todo. Más de mil títulos programados, 22 millones de espectadores y, al día de hoy, propietario de siete teatros y 16 salas, cuatro en la ciudad autónoma y tres en Mar del Plata. Ese nene que tanto inquietó a sus padres hoy es el productor (¿programador?, ¿empresario?, ¿exhibidor?, ¿teatrista?) más emblemático y extravagante. Ejemplos: no firma contratos, prefiere asumir el compromiso estampando su pulgar en un papelito blanco; lo hizo un poco al principio, pero ya hace décadas que no lee los libros de las obras que llegan a la marquesina. “Cuando digo que dejé de leer las obras, no es del todo cierto: leo obsesivamente el libro del banco para seguir cumpliendo con mis obligaciones. Mi función no es juzgar un libro, sino conectar talento con público”, explica.

Desde su lugar asumido de empresario privado (presidió durante tres períodos la entidad que agrupa a dueños de grandes salas), a la vez, es un gran defensor del teatro independiente y desde ese mismo lugar está preocupado de que, más temprano que tarde, la falta de ficción en la televisión deje de generar figuras resonantes que, luego, derramen su fama en algún teatro de la industria.

Hombre de números, desde hace tiempo estableció que el costo de una entrada debe ser equivalente al valor de 15 cafés. No es extraño descubrirlo en esas insólitas ecuaciones para quien también descubrió que Rottemberg y bordereaux tienen la misma cantidad de letras. Hoy le toca discutir y consensuar temporadas con su hijo mayor y socio Tomás:  precios, costos, estilos de conducción y la influencia de las nuevas tecnologías. Cortés como pocos (lo sé por experiencia y trato personal), responde consultas al toque, a la hora que sea, a lo largo del libro. En general de tono amable, dispara algunos dardos.

Contra quiénes institucionalizaron que la semana laboral de los actores sea, para su gusto, demasiado corta; sin identificarlos asegura que no volvería a trabajar “con dos personas”; critica a los que manguean (¿mangueamos?) invitaciones “porque quien ingresa por primera vez gratis a un teatro nunca más paga una entrada”. Sin embargo, no es tan claro en el capítulo «El negocio de la grieta», concepto que algunos medios le atribuyen.

Es que por una cosa o por la otra (crisis económicas, dictadura, censura, pandemia o gobiernos como el actual que detestan la cultura), distintas grietas lo acompañaron siempre y, aun así, buena de él, con sobresaltos importantes, pudo salir adelante. Y reescribir este nuevo repaso de su vida que contiene numerosas claves de su profesión, agradecidos homenajes a más de 20 colegas del espectáculo y de los medios, a su familia y, por qué no, a sí mismo. «

Diez tickets para el manual del alumno de teatro

Tal vez no haya sido la propuesta original, pero Pasen y lean también puede ser una especie de manual del alumno de teatro, de cine o de alguna otra arte del espectáculo. Lo que sigue es un arbitrario decálogo de frases interesantes, apropiadas del libro, que hacen a un oficio cuyas reglas se siguen descubriendo y escribiendo.

1) La calesita y el teatro van de la mano. En el teatro todos estamos buscando sacar la sortija.
2) Sin comprender el sentido de la frase “Necesito que me escuches” nadie podrá ser un empresario teatral.
3) El teatro no se sostiene solo por los que pueden pagar cualquier precio, si no por los que quieren volver.
4 ) En el teatro ni el éxito ni la patinada se anuncian.
5) El bordereaux habla.
6) Los éxitos son los que terminan pagando los fracasos.
7) Si algo caracteriza a esta actividad es su resistencia a las fórmulas hechas. No todo está destinado a explotar ni todo está condenado al fracaso.
8) No estoy en contra de lo nuevo. Lo que no quiero es perder la mística.
9) Soy de la escuela donde el actor llegaba una hora antes, se encerraba en el camarín y se preparaba. El camarín era un templo.
10) Para mí, cuando el teatro está lleno, no está “sold out”. Adoro el cartelito “No hay más localidades”.

​Cultura – Tiempo Argentino

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