
Fue víctima de la dictadura y hoy se siente abandonado por el estado
A los 64 años de edad, Carlos Alfredo Schiefler, se siente desamparado por un estado que durante los años 70 lo secuestró y torturó. Desde su vivienda en Montecarlo, mantuvo una conversación telefónica con Diario Lateral.
Por Sergio Centenaro
La vida de Carlos Schiefler, es una historia que ya fue narrada en varios momentos.. Al recuperar su identidad en el año 2010, existieron reportes periodísticos que hablaron de sus padecimientos a partir del momento en que lo convirtieron en un preso político. Pero desde hace algunos años, Carlos se encuentra sin ningún tipo de cobertura, pensión o subsidio del estado provincial, ni nacional.
El ex detenido, conversó con Diario lateral y repasó, a grandes rasgos, el derrotero que derivó en su secuestro, tortura y exilio dentro de su provincia, para jamás volver a la ciudad donde comenzó su calvario.
Carlos Schiefler, nació en 1958 en barrio de Villa Urquiza de Posadas, tiene una sola hermana que vio por última vez en 2012.
Pasaron 46 años de aquel día en que, jugando en su bicicleta, a 5 cuadras del arco principal de la localidad de Puerto Rico, provincia de Misiones, un Unimog del ejército argentino detuvo su marcha. De él bajaron 6 hombres uniformados y le pidieron documentos. Carlos sacó su documento y se los enseñó. Con 17 años de edad, fue obligado a subir al camión del ejército y escuchó entre ligeras conversaciones referidas a él, que se trataba de un “subversivo”.
La “subversión” de Carlos Schiefler, tenía que ver con ayudar a su papá y a su abuelo en el MAM, pegando carteles. El Movimiento Agrario Misionero bregaba ya desde aquellos años por mejores condiciones de producción, comercialización y acceso a la tierra. Y recordó con orgullo que su bisabuelo, Federico Schiefler, fue cofundador de la ciudad de Puerto Rico.
A sus 17 años, Carlos vivió como una travesura que le salió cara la pequeña colaboración que le prestó a su padre y abuelo .
Schiefler, volvió a repasar los minutos dramáticos cuando fue subido a la carrocería del Unimog, esposado, con los ojos vendados y encapuchado. Con los borceguíes de algún militar aprisionando su espalda al suelo, cree haber pasado así las siguientes 3 o 4 horas de viaje. Si bien, estos recuerdos los expuso hace mucho tiempo en el Juzgado Federal, Carlos revive el temor que sintió en ese momento “Creí que me iban a matar”, confesó. Aún hoy, se sienta en la cama, y su esposa le pregunta que le pasa.
Además de no tener la menor idea de lo que estaba pasando, del terror que sintió, también detectaba que seguían alzando gente en su recorrido. Finalizado el viaje, los bajaron a empujones y golpes de culata a un “galpón grandísimo”. “Un galpón grande era. Se escuchaban tiros. No puedo describir bien”, relató.
A partir de ese momento comenzó el peor de los tratos, el más atroz de su vida. La decisión de los militares fue colgarlos de ganchos por las manos y mantenerlos en esa situación 18 o 20 horas al día. Si les pedían agua, los orinaban y les respondían: “Ahí tenés agua”. Aun hoy conserva las marcas de bayoneta en las nalgas, en su ingle, y el recuerdo de sentir “la boca toda reventada”. Solo los bajaban para dormir algunas horas.
Carlos confiesa que muchas veces le dan ganas de llorar, que su mente le hace revivir esos momentos una y otra vez. Los gritos de gente llorando y gritando que no los maten, que no les peguen, vuelve con una claridad espantosa. Al mismo tiempo, recordó que su solicitud en aquellos horrendos días fue que lo maten. No quería continuar con ese suplicio. No paraban de preguntarle “¿Dónde están las armas?, ¿Dónde está Peczak?”
Conserva una profunda gratitud con ex funcionarios que le brindaron ayuda y colaboración en los años en comenzó a percibir un subsidio, como es el caso de la Ex Subsecretaria de Derechos Humanos, Amelia Báez, o Edmundo Soria Vieta, ex Ministro de Derechos Humanos de la provincia.
La tortura y secuestro duró tres largos meses. “Me largaron en la ruta 14 cerca de San Vicente (Misiones)”. A partir de ese momento, por increíble que parezca, Carlos se mantuvo a salvo “escabullido por todo Misiones”, tal cual sus palabras.
El robo de su identidad
Carlos Alfredo Schiefler, como decíamos anteriormente, portaba documentos al momento de su detención, “hasta al baño iba con documento”, ironiza. Pero lo que nunca sospechó es que al momento de liberarlo colocaron otro DNI en su bolsillo, con su rostro, pero con otro nombre y otra serie de números.
Carlos, momentos antes de su liberación, sorteó de milagro una inyección que le estaban aplicando a todos los detenidos. No sabe porque no le quisieron aplicársela a él. “Hizo como que me la iba a poner, pero no me la aplicó”, dijo. Le levanto la manga de la camisa, pero en ese momento cerraron una puerta de golpe, esto distrajo a quienes estaban controlando la efectiva colocación de las dosis y el hombre que debía inyectarlo tiro la jeringa y gritó “¡listo!” Y se fue. Luego recordó que algunos detenidos que recibieron la inyección, murieron poco tiempo después.
“No te queremos ver por Puerto Rico porque tu familia va a ser boleta”, le dijeron. Fue tal el impacto de esas palabras que nunca jamás volvió a esa ciudad de la que su bisabuelo fue cofundador. Todos sus bienes materiales los perdió. Pero también perdió contacto con todos sus seres queridos. A sus padres no los volvió a ver, aunque su papá intento dar con él, ese encuentro nunca se concretó.
Lo cierto es que lo detienen en mayo del 76 y tres meses después le entregaron el documento nuevo con el nombre Marcelo Gargiulo, DNI: 12.798.289, cuando en realidad su verdadera identidad siempre fue Carlos Alfredo Schiefler DNI: 12.429.522.
En el año 2010, recuerda Carlos, el Juez Federal Ramón Claudio Chávez “me recuperó la identidad. Durante un año me sacaron huellas dactilares”.
Con 64 años, no le es fácil conseguir trabajo. Se ríe cuando escucha que los desaparecidos pasean por Francia, y retruca “es una vil mentira. Yo creo que murieron al lado mío, en los galpones. Yo los escuchaba ¡no me lastimen!, ¡no me peguen!, tiros, seguro iba un fiambre ahí”, dijo con crudeza.
Carlos trazó un balance de todos estos años que pasaron y cree que no se ha reparado el daño que le tocó vivir. Habiéndose sentido al filo de la muerte, de convivir con picanas, golpes constantes y torturas inenarrables, asegura que “hace 2 años y 7 meses que no recibo un subsidio que la provincia me daba. Eran apenas 3 mil pesos”.
De todas formas, Carlos celebra haber podido cobrar en tiempos de pandemia el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) por tres meses consecutivos. Se apoya en el presidente de la Asociación Nacional de Ex presos Políticos Hugo Baldoneyro, como también en Chochi Vázquez, Subsecretario de Derechos Humanos de Misiones, también menciona a Graciela Franzen y suelta “Soy querido por ellos. Agradezco a Dios”.
Estos días los vive con mucha expectativa, puesto que “Hugo (Baldoneyro) intenta ayudarme”, y sobre la perseverante labor de su abogado, Marcelo Fernando Canteli dijo “me pidió los papeles, me van a hacer unas pericias y si tengo suerte me van a reparar algo”, se ilusionó.
Aunque a sus 64 aún conserva energía y profesa una amplia experiencia en trabajos de monte, sabe que a su edad es más difícil conseguir empleo, aunque más no sea temporario. A lo largo de su vida, se desempeñó como tractorista, motosierrista, topadorista, obrajero, zanelista (máquina tipo tractor) y suelta sin ambages ni rodeos su situación: “vivo a costilla de mi pareja”.
Por último, y tras ser consultado sobre la situación de los tareferos, afirmó “es un sufrimiento total. Salís a las 4 de la mañana de tu casa y llegas a las 8 o 9 de la noche. Sucio embarrado, vas al yerbal y te mojas hasta la cabeza”. En paralelo, sostuvo que actualmente ya no se ven niños trabajando a la par de adultos con la frecuencia que solía observarse “no vi niños trabajando en la tarefa. Ya hay más conciencia de la gente. Antes vos veías a la señora, dos, tres hijos, cuatro, un bebe colgado de una hamaca de ponchada y la señora trabajando. Pero ahora ya no”.




