
“Éramos tan flacos”, militancia, memoria y espionaje policial en los años 90
Cine
Carlos Castro vuelve sobre las imágenes que filmó como estudiante en La Plata y las cruza con los registros de inteligencia de la provincia. A 30 años de esas luchas universitarias, propone un diálogo entre el joven de entonces y el hombre de hoy.
Por Belauza
En 1995, Carlos Castro tenía poco más de 20 años, acababa de llegar a La Plata y se había sumado a la militancia universitaria, que por entonces se organizaba para enfrentar la Ley de Educación Superior impulsada por el gobierno de Carlos Menem. Treinta años después, aquellas imágenes en las que aparece joven, entre asambleas, marchas y discusiones políticas, se convirtieron en el punto de partida de Éramos tan flacos, el documental que se estrenará el 24 de septiembre después de pasar por numerosos festivales y cosechar varios premios.
Castro tiene una larga trayectoria en el género –Operación Chocolate (2022), Regreso a Coronel Vallejos (2018) y Jauretche en pantalones cortos (2015), entre otros trabajos-, pero esta vez se encontró en una situación inédita: convertirse también en protagonista y observar, sin intermediaciones, al joven que había sido.

“Tuve que encontrarme con un pibe de 20 años, teniendo ya más de 50, y dialogar con él en un diálogo absurdo y contrafáctico, puesto que él no me puede decir nada y yo sí. Ver un montón de situaciones que pasaron, la juventud que se evaporó, y notar que las lecturas que uno hace en la juventud son muchísimo más ideológicas que políticas, terriblemente intuitivas”, dice el director.
Esa conversación consigo mismo, lejos de convertirse en un soliloquio, dio lugar a un diálogo abierto con el resto de los protagonistas de aquella historia -a varios de los cuales vuelve a consultar en la actualidad- y también entre dos tiempos sociales y políticos separados por tres décadas. El origen del Éramos tan flacos se remonta a la pandemia. “Tenía mucho tiempo al pedo, mucho tiempo de ocio, y empecé a digitalizar algunas de esas imágenes mientras empezaba a escribir un guion sobre La Plata en los años noventa. Sin saber muy bien adónde iba, como siempre es un documental: es un viaje de ida”.
Lo que en principio parecía un archivo desordenado terminó revelándose mucho más vasto de lo que recordaba. “A partir de la digitalización lo dimensioné desde otra perspectiva, y empezó a ordenarse algo de lo que después fue la película”. No habría llegado a ser tal, asegura, sin “el trabajo de Pedro Barandiarán, el montajista: en el caos de ordenar mi propia historia, él echó un manto de luz y le dio una vitalidad clave al archivo”. Frente a ese material, recordó que “cuando recién se abrieron los videos de la Comisión por la Memoria, había muchos estudiantes y compañeros que teníamos algo guardado por alguna actividad que habíamos hecho, algún evento político o alguna manifestación”.
Entonces surgió una posibilidad que terminaría siendo central para Éramos tan flacos: enfrentar sus propias imágenes con las producidas por los servicios de inteligencia. “¿Qué pasa si me pongo a ver lo que hice y si en algún momento pueden dialogar estos dos mundos: el de un pibe que venía del interior, que no entendía muy bien las cosas, que era bastante pudoroso y grababa lo que se le iba ocurriendo de una manera muy inorgánica, con lo que grababan los servicios de inteligencia, que era bastante direccionado y bastante claro adónde apuntaban?”.

Así fue como se puso a buscar qué había de él -y de muchos otros- en el archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA), hoy gestionado por la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) y considerado el primer archivo de inteligencia policial desclasificado de la Argentina. Allí se conserva información producida entre 1956 y 1998 en aproximadamente cinco millones de fojas, que documentan la persecución político-ideológica y el espionaje sistemático realizado por la policía bonaerense sobre militantes y organizaciones de distinto tipo.
A diferencia de sus trabajos anteriores, en este necesitó “un ejercicio de introspección” al que no estaba acostumbrado. “Las lógicas que tienen el mundo y la sociedad son mucho más complejas e irracionales que las situaciones que uno creía fáciles de resolver. Hacer todo ese trayecto no fue fácil. Primero hay una situación del tiempo que se esfumó. Yo era un simple estudiante con muchas inquietudes y muchos sueños. Reencontrarse 30 años después con eso te hace notar el paso del tiempo y que las cuestiones son más complejas de lo que parecían”.

En perspectiva, aquel pibe adquiere un contexto histórico que no podía percibir del mismo modo en el momento de la acción. Castro lo define con precisión: “Eran años de mucha orfandad política. Veníamos de la caída de los grandes relatos, de la caída del Muro y de la URSS, y en lo local heredábamos la gran derrota de los 70. La Plata era una ciudad devastada después de la dictadura. No teníamos referentes en la gestión y el peronismo había sido cooptado, por lo que era muy difícil buscar representaciones. Eso hacía que la militancia fuera muchísimo más ideológica que política”.
Castro no rehuye el contrapunto: aquella militancia se oponía a un gobierno que avanzaba sobre conquistas de décadas de la sociedad argentina, aunque el director matiza que la ley que combatían también tuvo aspectos que hoy observa desde otra perspectiva, entre ellos el proceso de expansión universitaria en distintas localidades del Conurbano.
“Hoy es muy difícil contarle a un pibe de la universidad cómo se vivía en los noventa sin las mediaciones tecnológicas de hoy; el WhatsApp era una bicicleta”, grafica sobre las diferencias entre ambas épocas.
“Me interesaba construir el mundo cotidiano donde La Plata es un epicentro muy importante que nuclea pibes de todo el interior. Eso le da una característica muy vital a la ciudad y a la perspectiva cultural y política. En los 90 estudiar acá era impactante, un lugar donde me construí como sujeto porque la universidad era muy potente, a pesar de su precariedad. Y en los 90 la mayoría de los servicios públicos del Estado fueron privatizados: energía, recursos naturales, servicios”, señala.
“Pero la universidad no. Sí pasó la ley, que tenía sus claroscuros, pero nosotros nos oponíamos fundamentalmente al arancelamiento. La universidad no pudo ser privatizada ni arancelada. Mientras el grueso del patrimonio nacional fue rifado. Desde esa perspectiva se ganó”, agrega el director.
También docente, e invitado a comparar aquella época con la actualidad, Castro asegura que “hubo 20 años con mucho financiamiento donde la universidad pública creció en desarrollo tecnológico y edilicio. Los jóvenes de hoy están mediados por la tecnología, pero en términos de apertura mental tienen otra cabeza y son mejores que nuestra generación. Ahora está la concentración de la tecnología y el algoritmo globalizador, lo que le agrega una cuota de complejidad a lo que antes creíamos que era blanco o negro”.
Éramos tan flacos, de Carlos Castro
Se estrena el 24 de septiembre a las 20:30 en el Cine Gaumont, Avenida Rivadavia 1635 (CABA)
Espectáculos – Tiempo Argentino



