
Lula va por la épica con el optimismo de la voluntad
El gigante del sur ante un escenario de incertidumbre total y polarización extrema. Claves del repunte lulista y el enorme impacto para el futuro regional.
Por Gerardo Szalkowicz,desde San Pablo
“Hacia donde se incline Brasil, se inclinará toda América Latina”, sentenció en 1971 el presidente estadounidense Richard Nixon mientras agasajaba en la Casa Blanca al dictador brasileño de turno. Poco más de medio siglo después, la relevancia geopolítica del gigante del sur y las garras explícitas del norte vuelven a estar en primer plano en una elección que definirá no sólo un exitoso epílogo biográfico de Lula o el regreso del bolsonarismo sino, sobre todo, si el país más grande de la región mantiene su soberanía y se erige en el dique de contención al trumpismo o si el magnate imperial consigue la figurita que le falta, la más importante del álbum latinoamericano.
Por las calles de San Pablo se respira esta dimensión global de la disputa. La versión brasileña del “Braden o Perón”. Que se palpa, por ejemplo, en los puestos callejeros donde el merchandising electoral incluye banderas estadounidenses e israelíes, que suelen flamear en los actos bolsonaristas.

“Está en juego nuestra democracia pero también nuestra soberanía”, sintetiza Livia, vendedora ambulante, ostentando su melena afro y su conciencia de clase. “Es muy importante el apoyo de Trump para salir de esta ruina, necesitamos un cambio como el que está aconteciendo en Argentina”, dice Felipe, conductor de Uber, destacando dos elementos muy presentes en esta campaña: el concepto “mudanza” (cambio) como principal argumento del voto anti-Lula, con su connotación casi abstracta, y el experimento Milei como modelo para el bolsonarismo o como campaña del miedo desde el lulismo. “¿Sabes cómo está Argentina?, ¿vas a seguir el modelo de tu amigo Milei? ¿Ya le pediste prestada la motosierra?”, lo chicaneó Lula en el primer debate.
La injerencia de la Casa Blanca incluyó la aplicación de aranceles a los productos brasileños, la cancelación de la visa a la embajadora y la designación como organizaciones terroristas a grupos criminales locales, además de los mensajes de Trump en apoyo a Flávio o el aporte de recursos gestionados por Eduardo Bolsonaro, prófugo en EE UU. El clan bolsonarista prometió a cambio la entrega de recursos como las tierras raras, ventajas a empresas estadounidenses y sumarse al “Escudo de las Américas”, el club de presidentes arrodillados a Trump.

Meta, no te metas
La injerencia externa tuvo esta vez otro actor protagonista: la empresa Meta, que manipuló los algoritmos de sus plataformas Instagram y Facebook para favorecer al candidato de la extrema derecha. La campaña de Lula lo denunció y el Tribunal Electoral le ordenó modificar su conducta. Pese a la infinidad de pruebas, el gigante tecnológico negó el trato desigual y lo atribuyó a “incidentes técnicos”.
No es nuevo que los dueños de las redes sociales —y ahora de las IA— operen en el terreno político, pero pocas veces quedó tan al desnudo su intervención en una campaña (a tomar nota para las elecciones argentas de 2027). La batalla en el campo digital se torna cada vez más relevante. La derecha lo entendió hace rato y la primera vuelta lo confirmó: los dos candidatos más votados de todo Brasil fueron Lucas Pavanato y Nikolas Ferreira, dos jóvenes influencers bolsonaristas.
De cara al balotaje, Lula hizo un giro total en su campaña digital, convocó a jóvenes diputados electos (como Ana Elisa Santos, de 21 años), metió mucho videíto-selfie y le abrió juego al diputado André Janones, un personaje que se puso al hombro la cruzada virtual con “el Ejército de Lula”, un grupo de WhatsApp que superó los 9 millones de miembros.
El contenido de la campaña lulista también viró y se enfocó en desnudar quién es Flávio, qué hizo su padre Jair y qué implicaría el regreso del bolsonarismo en términos de recortes sociales y retrocesos democrático.

En las redes y en las calles
El miedo a la extrema derecha también se activó en las calles. Un espontáneo movimiento ciudadano que desbordó las estructuras orgánicas y se plasmó en movilizaciones multitudinarias, actividades constantes, mucha micromilitancia. Y la autocrítica de que no se le había puesto esa energía a la primera vuelta. El cierre de campaña de este sábado en la Avenida Paulista, dicen, fue la concentración más grande de las últimas décadas.
“Tenemos mucha confianza en poder revertir la derrota de la primera vuelta —señala a Tiempo Rodrigo Suñe, de la coordinación nacional del Movimiento Sin Tierra—. Nuestra esperanza reside en esta capacidad de movilización que tuvimos ahora, tanto en las calles como en las redes, para combatir el proyecto de muerte que representa el bolsonarismo. Y también en nuestra ofensiva programática para colocar temas importantes en la discusión”.
Como explica Suñe, el repunte de Lula en los sondeos, y en el clima que se percibe en los testimonios y análisis, se asienta también en varias iniciativas recientes del presidente como la aprobación en el Senado de la reducción de la jornada laboral, el aumento del 15% del plan Bolsa Familia (una especie de AUH), beneficios para las familias endeudadas, la rebaja de impuestos a los combustibles o la propuesta de transporte gratuito los fines de semana.
La gran pregunta es si todo eso alcanzará para dar la “virada”, algo que nunca pasó desde que hay balotaje en Brasil. Pero si hay alguien que sabe de hazañas es el propio Lula, el primer presidente obrero del país que, a dos días de cumplir 81 años, se aferra a la máxima gramsciana de enfrentar el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad.
Fuente: Tiempo Argentino



