Melisa Freund: “Necesitaba devolverle la voz a la víctima”
Entrevista
“Expediente A.R.” aborda el caso de Ángeles Rawson y cuestiona la espectacularización mediática y judicial de los femicidios. La nueva puesta del Teatro del Pueblo indaga en cómo la violencia machista atraviesa la cobertura de estos crímenes y condiciona la mirada sobre sus víctimas.
Por Nicolás Peralta
Un espacio arrasado que evoca un basural: bolsas, tachos y vestigios donde la muerte dejó una marca indeleble. De pronto, una cámara se enciende y una voz intenta reconstruir un crimen. Pero la narrativa se quiebra. Desde otro plano, una joven irrumpe para cantar, jugar y recordar. Ya no busca ser un mero expediente: reclama recuperar su nombre, su voz y su vida.
Ese es el gesto central de Expediente A.R., la nueva obra escrita y dirigida por Melisa Freund. La pieza parte de un femicidio real para poner bajo la lupa la fabricación mediática del dolor: interrogatorios, especulaciones y la transformación de una tragedia en contenido televisivo. A través de un montaje fragmentario que cruza el registro documental con lo onírico, la obra asume la verdad judicial del caso, pero elige desplazar la mirada hacia el tratamiento del morbo, utilizando materiales de dominio público para incomodar al espectador y devolverle humanidad a quien fue reducida a una noticia.
—¿De dónde nació Expediente A.R.?
—Nació hace varios años a partir de un proyecto que presenté para una residencia artística en Barcelona. En ese momento armé tres obras cortas sobre distintos homicidios reales, con una impronta de crónica y teatro documental. Una de ellas fue el germen de Expediente A.R.. Luego dejé descansar el material, aunque varias personas que lo leyeron me marcaban que había algo potente ahí. Recién lo retomé hace dos años. Al volver sobre ese texto, entendí que debía transformarlo en una obra de mayor duración. Fue entonces cuando irrumpió con fuerza la cuestión de los medios de comunicación: me interesaba observar el tratamiento amarillista del caso, con programas de entretenimiento debatiendo permanentemente sobre un femicidio y generando picos de audiencia sobre una tragedia. Pero sentía que faltaba algo esencial: necesitaba devolverle la voz a la víctima. Imaginé a esta chica en otro plano, fuera del expediente y de la televisión. Así aparecieron las escenas más íntimas y oníricas.
—¿Cómo fue el trabajo con el material mediático?
—Todos los textos narrativos de la obra son de dominio público; provienen de los medios. No inventé esos discursos: los tomé, les di forma, orden y estructura dramática. En paralelo, diseñé cinco escenas que irrumpen en esa narración y pertenecen al plano de la víctima. Allí se la ve junto a un novio imaginario: son dos adolescentes jugando, haciendo juegos de palabras, cantando y filmándose. Había una cotidianeidad vital que me parecía fundamental rescatar para que ella pudiera existir más allá de la muerte y no quedara reducida al momento en que se convirtió en noticia. La música atraviesa la obra con ese mismo propósito: recuperar la vida sepultada bajo el discurso mediático.

—Hay una tensión constante entre el expediente judicial y la persona.
—Totalmente. El título remite a eso: el expediente es una forma de procesar una historia, pero suele terminar reemplazando al ser humano. Quería distanciarme de esa lógica. La verdad judicial está asumida; no me interesa discutir la sentencia ni señalar culpables, sino desmontar el espectáculo montado alrededor. Cuando ocurre un femicidio, se multiplican las opiniones, los detalles íntimos y las especulaciones hasta convertir a la persona en un personaje. La obra busca recuperar a la joven que existía antes de convertirse en un caso.
—¿Qué descubrimientos aparecieron al pasar del texto a la dirección?
—Fue como empezar desde cero. Escribí el texto sabiendo que lo iba a dirigir, pero no pensé en una puesta concreta. Es un texto muy narrativo y poético que habla del mar, la escuela, la montaña, las cámaras y los micrófonos. Al asumir el rol de directora, tuve que resolver cómo llevar todo eso al escenario. Fue un proceso de ensayo intenso de cuatro meses, realizado gracias al apoyo de Mecenazgo Cultural, donde cada encuentro debía ser sumamente productivo. La parte narrativa se trabajó directamente con micrófono hacia el público, pero el resto del lenguaje escénico lo fuimos descubriendo en el espacio.

—¿La puesta audiovisual se configuró durante esos ensayos?
—Sí. Decidimos registrar algunas escenas en vivo con cámara. Ya había trabajado con recursos audiovisuales en Matilde, pero aquí no lo tenía previsto inicialmente. La tecnología en teatro exige encontrar un sentido orgánico. Junto al iluminador Damián de Serra —que trabaja mucho con mapping— descartamos la pantalla convencional y proyectamos las imágenes directamente sobre la escenografía. El escenógrafo, Pablo Orsiano, diseñó un espacio cercano a un basural que evoca el lugar donde hallaron el cuerpo, sin caer en un realismo figurativo. Para proyectar necesitábamos una superficie blanca, y encontramos una relación muy fuerte con una bolsa que aparece en escena: funciona como espacio de vida, pero remite al mismo tiempo a una mortaja.
—¿Por qué era indispensable que la propuesta tuviera también una dimensión luminosa?
—Porque si todo se reducía a violencia y discurso mediático, corríamos el riesgo de reproducir lo mismo que cuestionamos. Necesitaba que apareciera la vida; que esa chica pudiera cantar, enamorarse y divertirse. Es una representación de ella, pero también de muchas otras víctimas a las cuales solo conocemos por las circunstancias de su muerte. El teatro permite poner el cuerpo en una época dominada por las redes sociales y la inteligencia artificial, donde la información circula de forma incontrolable. El encuentro físico entre actor y espectador en un mismo tiempo y espacio sigue siendo irremplazable. Aunque la obra aborda un tema complejo, propone momentos mágicos y poéticos; no quería una pieza solemne, sino una experiencia sensible e integradora.
—¿Considerás que Expediente A.R. es una obra política?
—Sí, pero no en un sentido panfletario. No pretendo decirle al espectador qué debe pensar, pero sí es una obra que pone el cuerpo, tanto para los actores como para el público. Enfrentar juntos una historia así genera una catarsis. El arte es un espacio de reflexión que puede construirse desde el drama, la poesía o el humor. Esta obra representa mi manera de participar y mi pequeña militancia en un mundo complejo.
Expediente A.R., de Melisa Freund
Elenco: Luca Ongarato, Mauro Pelandino, Federica Presa, Alfredo Sánchez, Caro Wolf y gran elenco. Domingos a las 17 en el Teatro del Pueblo, Lavalle 3636 (CABA).
Espectáculos – Tiempo Argentino



