
Monteagudo, el revolucionario mulato que desafió el orden colonial
En la columna “Pasado de Revoluciones”, el historiador Mariano Cabral desenterró la figura olvidada de Bernardo Monteagudo: “Un tucumano mulato, hijo de una ex esclava, que dio proyección continental a la Revolución”. En diálogo con Sergio Centenario en Radio Lateral, Cabral destacó cómo este joven abogado formado en Chuquisaca (hoy Sucre) articuló el pensamiento más avanzado de Mayo: “Fue el puente entre la intelectualidad porteña y el proyecto de liberación de toda América”. Su “silogismo de Chuquisaca” (1809) sentó bases jurídicas revolucionarias: “El rey cautivo, América debe autogobernarse”.
Cabral desmitificó orígenes elitistas de la independencia: “Monteagudo nació en 1789 en un Tucumán de 5,000 habitantes, hijo de un pequeño comerciante y una liberta”. Su acceso a la Universidad de Chuquisaca –alma máter de Castelli y Moreno– fue posible por “la amistad de su padre con un cura local”. Allí, frente a la crisis de la monarquía española (1808), escribió su famoso “Diálogo entre Fernando VII y Atahualpa”, donde ya germinaba la idea de soberanía popular.
El análisis histórico derribó un mito eurocéntrico: “Nos enseñaron que la soberanía popular es idea francesa, ¡pero en el pensamiento hispanoamericano la soberanía SIEMPRE residió en el pueblo!”. Cabral explicó que Monteagudo y Castelli aplicaron la teoría de la “retroversión de la soberanía”: “El poder delegado al rey volvía al pueblo si el monarca era incapaz”. Esto fundamentó jurídicamente la Revolución de Mayo: “Las acciones iniciales en nombre de Fernando VII eran táctica, no sumisión”.
La fuga épica de Monteagudo de prisión en 1810 fue un momento cumbre: “Convenció a sus carceleros de que tenía ‘una cita con damas’ en el patio contiguo… ¡y escapó para unirse al ejército de Castelli rumbo al Alto Perú!”. En la campaña, se transformó en “la pluma revolucionaria”, redactando proclamas y leyes abolicionistas junto a líderes indígenas como Juana Azurduy. “Ahí nace el Monteagudo político: conectó la élite ilustrada con las luchas populares”, subrayó Cabral.
Al regresar a Buenos Aires (1811), Monteagudo enfrentó la primera grieta revolucionaria: “El Cabildo porteño dio un golpe dentro de la Revolución: disolvió la Junta con representantes provinciales e impuso un Triunvirato porteño”. En la Sociedad Patriótica y como editor de La Gaceta, libró batallas ideológicas contra el centralismo de Vicente Pazos Silva: “Debatió que las provincias tenían derecho a gobernar, no solo Buenos Aires”. Cabral reveló que este conflicto definió su perfil: “Ahí Monteagudo empezó a ser Monteagudo”.
Cabral anticipó un final trágico y continental: “Este revolucionario mulato recorrerá Chile, Perú y hasta Guatemala, sembrando ideas de unidad americana”. Su columna cerró con una provocación: “¿Por qué la historia oficial borró a este genio estratégico? Tal vez porque era pobre, mulato y cuestionó el poder porteño…”.



