
Pasado de Revoluciones: Los Corsarios del Río de la Plata y las batallas por la independencia
Mariano Cabral analiza la fascinante historia de las patentes de corso, sus figuras heroicas y el nacimiento de la tradición naval rioplatense.
En la dinámica del periodismo radial e historiográfico que propone la columna semanal “Pasado de Revoluciones”, conducida por Mariano Cabral en el programa Con Fundamento Kriollo, se inició un recorrido apasionante por un capítulo tan sustancial como escasamente divulgado de la historia rioplatense: la actividad de los corsarios en el Río de la Plata a comienzos del siglo XIX. Frente a la iconografía anglosajona que habitualmente domina el imaginario sobre el mar, la investigación rescata el papel determinante de los corsarios patriotas en la conformación de la independencia naval de la región.
Para comprender el fenómeno en su justa dimensión, resulta indispensable deslindar la práctica corsaria de la piratería tradicional. Si bien ambas modalidades comparten operativamente el abordaje de embarcaciones y el apoderamiento de bienes en altamar, el corsario no actúa al margen de la ley ni contra cualquier navío. Por el contrario, se trata de una actividad legalizada mediante “patentes de corso” emitidas por un Estado Soberano, cuyo objetivo geopolítico deliberado es estorbar la navegación mercantil y debilitar la economía de una nación enemiga en tiempos de guerra.
El corso rioplatense se organizó formalmente como una empresa privada con regulaciones estrictas y una articulación precisa de tres componentes esenciales: el armador, el capitán y los marinos. El armador asumía el riesgo financiero adquiriendo y pertrechando el buque; el capitán aportaba su pericia de navegación y el mando táctico; y la tripulación ejecutaba las maniobras de captura. Las presas obtenidas en alta mar eran conducidas al puerto de origen para ser evaluadas por el capitán de presas, un funcionario oficial que fiscalizaba su posterior remate público.
La cronología de este proceso registra sus primeros antecedentes en el denominado corso colonial, inaugurado en 1805 cuando las autoridades del puerto de Montevideo comenzaron a extender licencias para combatir a la flota inglesa. Entre 1805 y 1820, durante las guerras por la emancipación americana, emergió un heterogéneo grupo de marinos extranjeros —franceses, malteses, norteamericanos e irlandeses— que adoptaron la causa local y se convirtieron en auténticos héroes navales del Río de la Plata.
Entre estas figuras sobresale con luz propia el corsario francés Hipólito Mordeille, conocido popularmente en las crónicas de la época como “el manco Mordeille “. Curtido en el Mediterráneo enfrentando al bloqueo británico durante la Revolución Francesa, Mordeille arribó al Plata a bordo de su afamado buque insignia, “El Dromedario”. Sus audaces entradas al puerto, remolcando barcos ingleses capturados ante el alborozo de la población costera, constituyeron estampas legendarias de la resistencia naval de comienzos de siglo.
El protagonismo de Mordeille alcanzó su cima histórica durante la Invasión Inglesa de 1806. Junto a una tropa de 70 corsarios, el marino galo participó activamente en el traslado de las fuerzas organizadas por Santiago de Liniers desde Colonia del Sacramento hasta el Puerto de las Conchas. Desembarcados como vanguardia de infantería de marina, los corsarios de Mordeille marcharon hasta la Ciudad de Buenos Aires y desempeñaron un rol crucial en el cerco militar al Fuerte, exigiendo la rendición incondicional de las tropas británicas vencidas.
El trágico y glorioso destino de Hipólito Mordeille se selló el 3 de febrero de 1807, al caer en combate a los 49 años mientras defendía la brecha de la muralla de Montevideo ante el asalto final del ejército inglés. La reconstrucción historiográfica de Mariano Cabral rescata asimismo la trascendencia de otros capitanes emblemáticos como Juan Bautista Azopardo, Thomas Taylor, Hipólito Bouchard y Pedro Campbell, este último recordado como “el jefe del corso artiguista”, reafirmando que las raíces de la libertad rioplatense se forjaron también en las aguas del Atlántico Sur.



