
«Amaru»: la cosmovisión quechua como brújula, las trampas de la vanidad y la búsqueda de libertad
En las tablas
Andrea Garrote utiliza la metáfora de la serpiente sagrada para desarmar la rigidez de un pensamiento acorralado. En un contexto dominado por la prisa individualista, la obra reafirma el arte del encuentro cara a cara.
Por Belauza
El próximo 6 de septiembre se estrena Amaru en el Teatro Picadero, la nueva obra de la dramaturga, directora, actriz y docente Andrea Garrote. Al sostenido éxito de Pundonor —el unipersonal que escribió, dirige y protagoniza desde 2018 y que mantiene su agenda de giras internacional—, Garrote suma ahora esta propuesta que define como “una comedia burguesa bastante engañosa”. La historia parte de una premisa clásica: “Llega la novia del hijo a la casa de una familia de clase media ilustrada y enamora a todos”. A partir de esa irrupción, la trama pone en juego la concepción del tiempo entre la formación occidental nacida en la Grecia Antigua y las culturas amerindias.
“Se empieza a hablar de la percepción temporal que tienen los griegos frente a la visión quechua, y ahí comienza una especie de juego”, amplía la directora, quien aclara de inmediato: “No es una obra difícil de entender. Lo aclaro porque, como a veces mis textos manejan conceptos, se puede pensar que es algo críptico. No: es para todo público y resulta tan accesible como Pundonor”. Asimismo, la describe como “una autocrítica amorosa” hacia esa clase media ilustrada que percibe en vías de extinción.
En la obra, la figura de la visitante —cuyo nombre, Amaru, significa serpiente sagrada en quechua— desencadena una pregunta por la propia identidad. “Hay algo de reconocerse, de entender cuáles son esos valores y de hacer una representación afectuosa de ese sujeto. Es un abrazo de contención que guarda relación con la esperanza: nadie pierde por mirar el mundo desde otra óptica; al contrario, lo que se pierde es cuando la mirada se cierra”.

Así, las culturas originarias se convierten en una brújula. “Siempre pensé que la cosmovisión espiritual mapuche y quechua es la que justamente tenemos que rescatar. Las espiritualidades fuertes del continente marcan el norte hacia donde deberíamos ir, porque entienden a la Tierra como parte de sí mismas y le tienen un respeto absoluto. Es lo contrario a esa ilustración oscura que considera que esto va en contra del progreso”, reflexiona Garrote.
En la puesta, esa perspectiva se filtra a través del personaje principal: “El público se va a sentir identificado con la familia y, a la vez, con la mirada vital de una chica que encarna la idea del tiempo incaico”. De este modo, frente a una matriz ilustrada que se aferra a sus últimos andrajos, Amaru propone una apertura.
Tras una larga etapa enfocada en el formato unipersonal —cuyo impacto no solo fue comercial, sino determinante en su desarrollo artístico—, la decisión de volver a trabajar con un elenco amplio responde a una búsqueda de dinamismo y disfrute compartido. “Un monólogo es como nadar en aguas abiertas: uno sale y tiene que cruzar un trayecto largo en soledad. Esto es mucho más distendido y relajado; el peso de la situación escénica no recae sobre una sola persona. Hay más juego y se arman dinámicas de grupo: es como jugar al vóley”, ríe.

Más allá de la responsabilidad técnica, la diferencia radica en lo emocional. “Es una fiesta. A veces, quienes hacen unipersonales se vuelven un poco cabuleros y apelan a aspectos místicos porque enfrentan un evento donde todo el público viene a ver a una sola persona. Eso exige un esfuerzo mayor en el cuidado de la voz y del cuerpo”.
Aunque la coyuntura económica suele empujar a la producción de monólogos, Garrote reflexiona también sobre la dimensión cultural del formato: “En un sentido, el unipersonal alimenta el ego, pero el ego es un mal consejero. Trae como contrapartida cierta soledad, y la felicidad para mí es siempre con otros”.
El trabajo colectivo aporta distensión y amplía los horizontes creativos. “Tenía muchas ganas de estrenar una obra mía con elenco. Sacarse los adjetivos que uno se autoimpuso y verse desde otro lado es, en definitiva, lo que hace el teatro. Si una se aferra de manera rígida, no puede autoconocerse”.
Respecto de su posición en los debates públicos, la creadora marca una frontera clara: “No me gusta hablar de temas de actualidad o de agenda; no me siento afín a esa participación y me da temor en relación con el ego. Prefiero responder desde mi territorio, que es el teatro. Las clases en la Universidad Nacional de las Artes y el escenario son espacios de libertad donde se pueden decir las cosas de otra manera, con el lenguaje propio del arte”.
Esa multiplicidad de miradas es la que define su oficio: “El actor tiene la posibilidad de ponerse en el lugar de un rey, de un padre o de un hijo dentro de las situaciones cotidianas que abre una obra. El teatro nos recuerda que nadie pierde por mirar el mundo desde una óptica distinta”.

Amaru
Dramaturgia: Andrea Garrote. Dirección: Andrea Garrote y Carolina Stegmayer. Elenco: Andrea Garrote, Marcos Ferrante, Fiamma Carranza Macchi y Julián Knochaert. Funciones: desde el 6 de septiembre, los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857 (CABA).
Espectáculos – Tiempo Argentino



