
Más de mil militantes de La Cámpora participaron de las tareas de limpieza y asistencia en los barrios más afectados por el temporal.
Por Valeria Di Croce*
Escribimos para poner en palabras lo que los cuerpos pusieron a disposición de una comunidad que atraviesa el día después de una tragedia.
Narrar el tiempo con el otro. Humanizar la militancia en tiempos donde desde el poder real se usa esa palabra para demonizar a alguien al que le abren la cabeza con una granada. No hay nada más noble en esta Patria que militar.

Militar para combatir la indiferencia. Ponerse la pechera azul, orgullosamente, para reconstruir la acción colectiva. Levantar la cabeza para observar la realidad e intervenir en ella. Hacerlo con la potencia de saberse acompañado.
Mirarnos a los ojos, compartir el dolor, alivianarlo, abrazar, tomar de la mano. En efecto, los buenos son los de azul.
Poner el cuerpo para reparar, reconstruir y transformar aunque sea un poco cada casa, cada manzana, cada barrio de una comunidad que lo necesita. Ahí está la Patria: en el otro, en nuestro tiempo con el otro.
Las jornadas solidarias en Cerri son testimonio de una época. Las pecheras de azul que tiñeron las calles del barrio donde el agua comenzó a bajar son parte de nuestra historia. Las portamos con el orgullo de ser militantes políticos que asumen una identidad que trasciende y conmueve.
Humanizar la militancia en tiempos donde desde el poder real se usa esa palabra para demonizar a alguien al que abren la cabeza con una granada.
Recolectar donaciones en todos los puntos del país, clasificarlas, organizarlas, trasladarlas, viajar allí donde el ahora lo demanda y pisar el suelo donde el agua dejó su huella. Caminar las calles, ponerse al servicio de vecinos y vecinas que tempranamente vieron como el paisaje de su barrio se modificaba.
Fuimos a Cerri porque el municipio de Bahía Blanca señaló que era el barrio con más urgencias. No fuimos solo a limpiar, no solo colaboramos sacando escombros o muebles arruinados por el agua. Acompañamos el duelo de cada familia, la angustia de perder parte de su historia. El agua se llevó mucho y lo que dejó es evidencia humedecida de vidas y familias que forman parte de una comunidad que hoy está atravesada por la tragedia.
Los libros que los conmovieron ahora tienen sus hojas humedecidas, los álbumes de fotos están cubiertos de barro, los juguetes que dan testimonio de infancias habitadas. El esfuerzo de años, reducido a un montón de cosas apiladas en las veredas agrietadas.

No se trata solo de ayudar el día después, no alcanza con despejar los caminos y hacer transitables las calles. Se trata de permitir que el sol vuelva a entrar por las ventanas sin que, al hacerlo, lo primero que vean sean las huellas del temporal que les quitó aquello que más querían. Se trata de sostener a cada vecino y vecina. Reparar. Transformar la tristeza en esperanza.
Mientras sacábamos barro de las casas, limpiábamos las paredes y tratábamos de borrar las marcas del agua, también estábamos descubriéndonos, encontrándonos, acercándonos.
Emergió en Cerri algo más fuerte: la palabra, los testimonios, las historias solidarias, la fortaleza de una comunidad. Los héroes anónimos que lejos de una cámara de televisión abrieron puertas, tendieron una mano, arriesgaron su vida por la de otros y otras.
Las risas también comenzaron a oírse, venían de los más chicos, que entre las carretillas y las cuadrillas corrían con su infancia a cuestas al ritmo de la reconstrucción. Compartir la comida, el mate, la vida en comunidad.
En tiempos donde quieren convencernos de que “no hay alternativa” y que el individualismo y la indiferencia se imponen, la militancia se organiza y responde colectivamente.
Debe imponerse el amor y las convicciones para romper el muro que se construye con la indiferencia.
* Militante de La Cámpora.
Fuente: lacampora.org



