
Tamara Tenenbaum: “Cualquier pareja, se termine separando o no, en algún momento está mal casada”
La escritora debuta como directora con “Los malcasados”, una comedia musical inspirada en una obra del Siglo de Oro español. Entre matrimonios, divorcios y parejas cruzadas, explora las contradicciones de la vida en pareja y las dificultades de sostener o dejar ir una relación.
Por Nicolás Peralta
Es una de las voces más reconocibles de la escritura argentina actual, con una obra que se mueve entre el ensayo, la novela, el teatro y el audiovisual. Tamara Tenenbaum es autora del ensayo El fin del amor. Amar y coger en el siglo XXI (2019), las novelas Todas nuestras maldiciones se cumplieron (2021) y La última actriz (2024), y Un millón de cuartos propios (2025), una relectura del clásico de Virginia Woolf con la que ganó el Premio Paidós de Ensayo.
También escribió y estrenó las obras teatrales Una casa llena de agua, Las Moiras y El día más largo del mundo, y como guionista coescribió la serie El fin del amor, adaptación de su ensayo homónimo. Las preguntas que atraviesan buena parte de su trabajo son siempre parecidas: qué hacemos con el amor, el deseo, la pareja y las formas heredadas de relacionarnos.
En Los malcasados, que se estrena este lunes, Tenenbaum vuelve sobre esas cuestiones y las enfrenta con un clásico del teatro español. A partir de Los malcasados de Valencia, de Guillén de Castro, construyó una comedia contemporánea en la que el Siglo de Oro y el siglo XXI se encuentran, con música en vivo y una banda siempre en aprietos económicos como protagonista. Es, además, la primera obra que dirige, algo a lo que se animó después de varios años de pensarlo.

-¿Cómo nació la idea de recorrer el fértil terreno de las separaciones?
-Surgió de un proyecto académico internacional llamado Clásicos Americanos, que conecta el teatro hispánico entre la Universidad de California (UCLA), la UNAM de México y la Universidad Torcuato Di Tella. Karina Galperín, profesora de la Di Tella, nos acercó a mí y a otro grupo de performers una pequeña financiación para pensar versiones de clásicos del Siglo de Oro, pero no los más conocidos. Se versiona y se reversiona muchísimo Shakespeare, y muchas veces el teatro del Siglo de Oro queda más olvidado, a pesar de que está en nuestra lengua. Para mí no era un proyecto por encargo: trato de que cualquier proyecto sea mío y dialogue con mis temas, así que busqué obras sobre matrimonio y divorcio, muy comunes en la literatura de esa época, y ahí apareció la de Guillén de Castro. Me interesa mucho adaptar y pasar de un formato a otro: mis obras de teatro anteriores fueron reversiones de teatro judío y mi último libro es una reversión de Virginia Woolf.
-¿Por qué terminó siendo un musical?
-El texto era difícil: en algunos lugares había quedado muy viejo y en otros era muy divertido, así que empecé a pensar cómo salvarlo. Apareció la idea de un conjunto musical que hace canciones con letras de textos del Siglo de Oro, pero ambientado en la actualidad, con esa misma cosa de matrimonios, divorcios y parejas cruzadas que también llegó a nuestro teatro comercial. La manera de entrar al texto original, que es muy español, antiguo y difícil en términos de verosimilitud, fue a través de la música, y por eso se volvió un musical. Además, me interesaba explorar cómo afecta el género a las preguntas que uno se hace: el musical tiene algo liviano y alegre, y me intrigaba qué pasa cuando eso se cruza con preguntas a veces dolorosas, como la posibilidad de sostener o rearmar una familia.

-¿Cómo fue el proceso de escritura y de ensayos?
-Escribir la obra me llevó entre seis y nueve meses, y lo hice junto a Joaquín Fridman, el músico de la obra, que además es mi pareja y el papá de mi hija; con él trabajamos también las canciones. Después hubo varios meses de ensayo hasta el primer preestreno en la Fundación Pasadores, donde mostramos la obra a invitados, a espectadores que pagaron entrada y a gente que venía al Congreso del Siglo de Oro español, en cuyo marco se desarrolló el proyecto. Para ese preestreno ensayamos unos tres meses y ahora volvimos a ensayar dos o tres más. Trabajé muchísimo con mi escenógrafa y vestuarista, Camila Pérez, y con mi asistente de dirección, Violeta Brenner, que la rompió.
-¿De qué color es una separación?
-Esa es para mí la pregunta central de la obra: ¿es dulce, ácida, angustiante, sensual? La obra de Guillén de Castro es un sainete donde todos terminan separados, que es lo que querían, y esa cosa dulce y amarga es lo que quise retomar. En el Siglo de Oro divorciarse era difícil, muchas veces había que pasar por una corte, así que ese final de «logramos divorciarnos» siempre trae su parte amarga. Las separaciones me parecen un universo muy fértil para la ficción porque tienen algo de final y de comienzo a la vez, a diferencia de la muerte, que es un final, o de los nacimientos, que son un comienzo. Es una especie de renacimiento que uno enfrenta muchas veces en la vida.

-¿Por qué conservaste la palabra «malcasados» en el título?
-Me gustó mucho y la robé de la otra obra, porque creo que cualquier pareja, se termine separando o no, en algún momento está mal casada. Me parece divertido e interesante, aunque obviamente nadie se separa solo por los malos momentos. Hay una ambigüedad y una contradicción constante en sostener algo que a veces no sabés si sostener o soltar, porque soltar también es un esfuerzo. Me gusta que la palabra hable de esa ambigüedad de vivir en pareja, que siempre es una situación ambigua.
-¿Qué significó dirigir por primera vez?
-Me animé después de haber presenciado tres proyectos teatrales en los que grandes directoras llevaron a escena obras mías, y eso me dio la familiaridad suficiente para probarlo, apoyándome mucho en Camila, en Violeta, en mi productora y en los actores, que son todos buenísimos y proponen ideas todo el tiempo. Lo que más me cuesta como escritora es pensar el espacio, el movimiento y la parte visual, mientras que me siento confiada ayudando a los actores con el texto y cómo decirlo. El teatro independiente tiene esa gracia: los roles son menos claros para que todos podamos proponer. Un día tuve que viajar a la Feria del Libro de Montevideo, el elenco ensayó sin mí y cuando volví habían sacado un par de chistes que no les gustaban; la verdad, funciona mejor así.

-¿Es muy distinto escribir que dirigir?
-Son destrezas muy distintas: escribir es lo que uno hace en un escritorio y dirigir es estar en un proceso con otras personas, en el presente. A mí me gusta tener mucho tiempo para pensar, estar sola, encerrada, tachando, y en cambio dirigir implica un apuro distinto. Lo más difícil es poder estar conectada en el presente, porque muchas veces se me va la cabeza a otra cosa, pero cuando entrás en ese flow está buenísimo. Dirigir tu propia obra te permite repensar y reescribir el texto con los actores, ver qué funciona y qué no, y es un trabajo hermoso. No sé si lo haré con todas mis obras, pero espero poder volver a hacerlo.
-¿Cómo ves el panorama cultural actual?
-Muy atacado: por un lado, por la falta de financiación del Estado, y por otro, porque esto viene en un contexto de ajuste general en el que tampoco hay dinero privado, porque la gente no tiene un peso. La industria audiovisual es la situación más problemática porque es el arte que más dinero necesita, y todo lo que se filma se está filmando en Uruguay, un país vecino con una política de fomento muy seria y competitiva, lo que deja a la Argentina en un lugar aún más difícil. Para los proyectos de autor e independientes, que necesitan algún tipo de financiación estatal para existir, es muy complicado. De hecho, la financiación con la que hicimos esta obra fue de la universidad, algo que en la Argentina hoy es imposible. Espero que el panorama mejore.
Los malcasados, de Tamara Tenenbaum
Dramaturgia y dirección: Tamara Tenenbaum. Con Huilén Currá, Santiago García Ibáñez, Julián Larquier, Florencia Piterman y Ana Schimelman. Lunes de octubre y noviembre, a las 21.30, en Dumont 4040, Santos Dumont 4040 (CABA).
Espectáculos – Tiempo Argentino



